Fiesta «Cierra Bankia» (Enmedio)

A principios del 2012, Bankia, uno de los bancos más importantes de España, se declara en bancarrota. Acto seguido, le pide al gobierno del país 23.000 millones de euros para poder seguir adelante con su actividad, y el gobierno acepta sin pensárselo dos veces. Esa misma semana recorta 20.000 millones de euros de los presupuestos anuales de Sanidad y Educación. Los mismos políticos que durante años dirigieron esta entidad y gestionaron cada una de sus actividades hasta provocar su quiebra, son ahora los que deciden, sin consultar a nadie, invertir una inmensa cantidad de dinero público en su rescate. Fue la gota que colmó el vaso. A partir de ese momento, mucha gente empezó a comprender que aquello que los medios de comunicación llamaban crisis económica era, en realidad, una monumental estafa. Más que un mero hecho económico, la crisis se tornaba en una técnica política de gobierno que lejos de entrañar un debilitamiento de las políticas neoliberales, como creyeron muchos, conducía más bien a su reforzamiento.

Este reforzamiento venía dado en forma de planes de austeridad destructores y «rescates» bancarios. Crisis significaba ahora callarse y obedecer a todo lo que nos dijeran, y nosotros no estábamos dispuestos a hacer ninguna de las dos cosas. Por eso organizamos la fiesta sorpresa «Cierra Bankia», para quitarnos el cabreo que llevábamos encima tras conocer la noticia del rescate a Bankia. Se trató de una acción que llevamos a cabo en dos fases bien diferenciadas. Primero, redactamos e hicimos público un comunicado animando a todos los clientes de este banco a cancelar sus cuentas personales. «Es mejor que se hunda Bankia a que nos hundamos todos nosotros con ella», les dijimos. Después, una vez que el comunicado empezaba a tener repercusión en las redes sociales y en algún que otro medio de comunicación oficial, nos acercamos hasta las inmediaciones de una oficina de Bankia y allí nos quedamos escondidos esperando hasta que una chica entró y canceló su cuenta.

Cuando lo hizo, decenas de personas aparecimos por sorpresa celebrando por todo lo alto su decisión. Música, cava, confeti, nadie antes se había corrido una fiesta así en el interior de un banco. La chica, más que asombrada, terminó saliendo en volandas por la puerta mientras todos los demás (exceptuando el director de la entidad, claro) cantábamos al unísono aquello de «¡Bankia, cierra Bankia!». Una tonadilla que compusimos para la ocasión y que terminó convirtiéndose en el canto oficial de las manifestaciones contra los recortes. Recuerdo que durante los talleres que organizamos los días previos a esta acción, todo el mundo pudo definir y ensayar la actuación que llevaría a cabo el día de la fiesta. Toda la intervención en el banco se desarrolló según un guión definido de antemano, aunque no del todo, pues la improvisación en este tipo de intervenciones juega siempre un papel importante.

La repercusión mediática de la acción fue verdaderamente sorprendente; en pocas horas el vídeo de la fiesta superó el millón de likes. Con un poco de creatividad y mucha diversión habíamos sido capaces de crear una imagen capaz de plantarle cara tanto al miedo transmitido por los medios de comunicación («no te muevas que puede ser peor»), como al espejismo de seguridad y confianza sobre el que se sustenta cualquier relación que uno establece con un banco («Confía, garantizamos tu futuro»). De algún modo, la fiesta «Cierra Bankia» acertó a transformar el cabreo popular en un chispazo de diversión sin reducir ni un ápice la crítica a los recortes y la privatización del dinero público. Constatar que la protesta social puede ser, incluso en las peores situaciones, algo divertido, inspiró a mucha gente a cerrar sus cuentas bancarias en dicha entidad y a organizar otras fiestas «Cierra Bankia» por todas partes.