Intervenciones en cines (Primeros trabajos)

En la segunda mitad de los 90 estudié Bellas Artes en Cuenca y en Gante (Bélgica), y también en una ciudad noruega que se llama Trondheim. Cuando terminé los estudios comencé a realizar proyectos artísticos. Eran vídeos que proyectaba en las salas de cine por sorpresa, cuando la gente menos se lo esperaba. Películas cortas cargadas de un fuerte contenido social que unas veces proyectaba sobre el telón que cubría la pantalla y otras veces sobre las paredes mismas de la sala. Lo hacía justo antes de que diera comienzo la película, en vez de los anuncios comerciales, cuando la gente andaba todavía perdida buscando su asiento. Me gustaba pillar a los espectadores por sorpresa y atacarlos por la espalda con una retahíla de imágenes que conseguían desconcertarlos por completo.

Llevar a cabo estas intervenciones requería de un proceso social bastante dificultoso. No era fácil convencer a los encargados de las salas de que me dejasen utilizar aquellos equipos de proyección tan caros sólo para aturdir a los espectadores. Por suerte para mí, la mayoría de aquellos chicos sufría unas condiciones laborales pésimas, y eso hacía que no les importase demasiado perder su puesto de trabajo, y mucho menos si era a cambio de correrse una buena juerga (algo que yo siempre me encargaba de ofrecer). De aquellos días conservo un montón de buenos recuerdos y unos cuantos amigos con los que todavía a día de hoy quedo para cenar y tomar unas cervezas cada vez que paso por sus ciudades.

Aquellas intervenciones eran el resultado de un empecinado intento mío por tratar de darle a la belleza algún tipo de función social. Las llevé a cabo en salas de cine de casi toda Europa a lo largo de dos o tres años. Con el tiempo y, muy poco a poco, la gente fue sabiendo de ellas y, al final, llegaron a oídos de algunos críticos y comisarios de arte que comenzaron a programarlas en salas de exposiciones y también en algún que otro museo. Sin embargo, aquello no tenía mucho sentido para mí. Por aquel entonces yo pensaba que una imagen no era demasiada cosa en sí misma. Lo que a mí me interesaba era más bien lo que sucedía antes y después de una imagen. Es decir, el cómo se realizaba esa imagen y el para qué.

Era en esos dos espacios el que antecedía a la aparición de una imagen y el posterior donde pensaba que merecía la pena invertir mi energía creativa. Una energía que, desde mi punto de vista, incumbía tanto al creador como al receptor de la imagen. Cuanto más cerca se encontrasen estas dos figuras, cuanto más espacio abriese la obra para su encuentro, más efectivas socialmente creía que serían. Y más bellas también. Así que para mí lo más interesante de mis películas no era ni su contenido ni su forma –aunque eso no lo descuidaba, por supuesto–, sino el hecho de involucrar a tanta gente para su realización y el de ocupar e intervenir el espacio del cine cuando eran proyectadas. Sin embargo, ambas cosas se perdían por completo cuando se exponían en galerías, así que pronto dejé de hacerlo y me dediqué a otras cosas.