No vas a tener una casa en la puta vida

A partir del año 2004 comenzamos a ser testigos de una serie de expresiones políticas que ya no respondían a lo que acostumbrábamos a entender por «movimiento social». Eran presencias que aparecían en lo público mostrándose completamente irrepresentables en términos de representación política. Expresiones colectivas en las que lo existencial y lo político aparecían trenzados de manera indivisible. Eran espacios de subjetivación inesperados en los que cabía cualquiera. Espacios capaces de interrumpir el funcionamiento social que configura el mapa de lo posible. Como no tenían nombre, nosotros nos referíamos a ellos como «fuerzas sin nombre», y en seguida nos interesaron mucho.

La primera vez que vimos aparecer una de estas fuerzas sin nombre fue tras los atentados del 11 marzo del 2004 en Atocha. Aquella respuesta social tan espontánea que inundó las calles de toda España en pocas horas nos dejó con la boca abierta. Frente al horror del atentado, las vidas de la gente parecieron agarrarse las unas con las otras para encararlo. Este enlazamiento inesperado produjo un espacio social de lo más inclusivo y múltiple. Fue un espacio que vino caracterizado por la irrepresentabilidad: nadie lo convocó; no vino firmado por ninguna organización, el llamamiento circuló únicamente en forma de sms y por la red. A la cita no se acudió en bloque; nadie sabía bien quién tenía al lado, aquel fue un acontecimiento de lo más diverso, por una vez la cosa no partió de un sentido previo, sino que se fue construyendo sobre la marcha. Durante el breve tiempo que duró aquello se desplegó una gran creatividad, proliferaron miles de consignas nuevas, pancartas anónimas y personales cargadas de una gran expresividad íntima. Aquella expresión social tan atípica puso todo patas arriba y desapareció tan rápido como había llegado.

La segunda fuerza sin nombre apareció con «V de vivienda». Era el año 2006; aquél año España construyó más viviendas que Francia, Italia y Alemania juntas. Esto provocó la mayor burbuja económica de la historia de nuestro país: la burbuja inmobiliaria. Fue el tiempo en el que los bancos ofrecían hipotecas a 40 años a todo aquél que se acercase por sus oficinas. 40 años de tu vida pagando un sitio donde vivir. La situación era del todo insostenible (muy parecida a la de ahora, por otra parte) y esa insostenibilidad pronto adoptó la forma decorreo anónimo que saltó como una liebre de buzón en buzón a lo largo y ancho de internet. El correo era escueto, tan sólo decía esto: «Por el fin de la especulación inmobiliaria y por el derecho a una vivienda digna, el próximo domingo sentada en todas las plazas de España». De nuevo una voz anónima expresando un dolor y un malestar compartido por muchos. La única diferencia con la movilización de los atentados fue que esta nueva fuerza sin nombre no desapareció tan rápido.

La primera sentada fue todo un éxito. Miles de personas respondimos al llamamiento tomando las plazas de las principales ciudades españolas. Todos los que acudimos experimentamos el gozo que se siente cuando te empuja la potencia de estar juntos. El domingo siguiente se repitió la operación, y así durante unos cuantos. Esta sucesión de convocatorias anónimas comenzó a conformar una especie de movimiento espontáneo; por primera vez una fuerza anónima y multitudinaria aspiraba a sostenerse en el tiempo, y eso trajo consigo el problema de la visibilidad.

En cierta manera, el movimiento por una vivienda digna apareció ocultándose. Como nombre eligió «V de vivienda», una broma, un juego de palabras con el comic y la película V de Vendetta. Esta elección vino guiada por la voluntad explícita de no ser nombrado, ni representado, ni tan siquiera identificado. «V de vivienda», en realidad, no significaba nada y precisamente por eso, por no ser nada, cabía todo el mundo en su interior. De esta capacidad inclusiva y nada identitaria era de donde manaba toda su fuerza, la fuerza sin nombre. Pero al tratar de sostenerse en el tiempo la cosa se complicó, y «V de vivienda» se vio en seguida forzado a adoptar una identidad concreta y fácilmente reconocible por los medios de comunicación si quería seguir manteniendo la «cuota» de visibilidad que, por sorpresa, había ocupado con su irrupción pública.

Nosotros teníamos algo de experiencia con los problemas que se derivan del hecho de ser visible. Tanto Las Agencias como Yomango nos habían enseñado unas cuantas cosas al respecto. Así que decidimos tomar cartas en el asunto. Si para seguir estando presentes en el espacio mediático necesitábamos ahora definirnos y adoptar una imagen, nos propusimos dar con una que desgastase lo menos posible aquella fuerza que nos había dado el hecho de no tener nombre. Nos pusimos a trabajar. La cosa no era nada fácil: dar con un imaginario común en esas concentraciones de personas tan distintas no era en absoluto sencillo.

Tras varios tanteos, nos dimos cuenta enseguida que tratar de dar con una característica común a todos nosotros era tarea imposible. La gente no llegaba a aquellas concentraciones movida por una ideología común, no éramos sólo de izquierdas o de derechas, o, si lo éramos, aquella no era la condición principal que definía aquellas concentraciones, como tampoco lo eran el género, la edad o la raza. Por fuera, aquellas concentraciones eran radicalmente heterogéneas. Así que decidimos cambiar de plan y comenzamos a buscar algo común a todos por dentro. Preguntamos a cientos de personas distintas qué sentían cuándo de un modo u otro se enfrentaban a la situación de la vivienda. Queríamos ver si había algo en el interior de todas aquellas personas tan distintas que representase, de algún modo, un terreno común desde el que poder crear un imaginario que nos representara mínimamente. Y sí que lo había. En lo más profundo de nosotros mismos todos sentíamos que no íbamos a tener una casa en nuestra puta vida.

Tomamos aquel sentimiento y lo convertimos en un eslogan: «No vas a tener casa en la puta vida». Lo imprimimos en posters, en pegatinas, en camisetas y, automáticamente, aquella frase se convirtió en el grito de guerra de «V de vivienda». Por un tiempo resultó verdaderamente imposible caminar por la calle sin cruzarte con esta frase. Miles de personas se identificaron con ella, y eso que no se trataba de un eslogan fácil. Este eslogan rompía sin duda con el sentido común que suele acompañar a otros eslóganes utilizados por los movimientos sociales. No ofrecía ninguna esperanza («Yes, we can»); no ofrecía ningún futuro («Por un mañana sin pobreza»); no ofrecía alternativas («otro mundo es posible»); y, sin embargo, cuando uno leía aquella frase tenía la impresión de que nadie más que él mismo se escondía detrás de ella. «La leo y me escucho a mí mismo» me dijo una vez una persona cuando le di la pegatina en la calle«eso exactamente es lo que yo pienso: no voy a tener una casa en la puta vida».

Además de mucha visibilidad, aquella frase consiguió darle un gran impulso a «V de vivienda». Con ella fue capaz de organizar concentraciones y manifestaciones mucho más multitudinarias. Durante más de un año miles de personas estuvimos gritándola a pleno pulmón en las plazas y calles de toda España. Pero teníamos la impresión de que nuestros gritos no llegaban a ninguna parte. Por eso decidimos organizar el récord mundial de gente gritando «No voy a tener casa en la puta vida».

Un día llamamos a la gente del Guinness World Records y le solicitamos el ingreso oficial de nuestro récord en su famoso libro. Le explicamos la idea con todo lujo de detalles, le dijimos que lo llevaríamos a cabo a la vez en varias ciudades de España y que todo sería emitido a tiempo real por internet. Los del Guiness estuvieron valorando nuestra propuesta durante un par de semanas y finalmente la denegaron «por ser demasiado rara». ¡Esa gente nos llamó raros a nosotros! En fin, no le dimos demasiada importancia y seguimos adelante con el plan. Realizamos unos cuantos vídeos y los distribuimos por la red a modo de llamamiento; también diseñamos el «Putómetro», una app interactiva que medía el nivel de cabreo que sentía alguien ante una situación concreta. El día 6 de octubre del año 2007, miles de personas se congregaron en las principales plazas de varias ciudades españolas y sus gritos alcanzaron el máximo nivel del Putómetro, batiendo así el primer récord mundial de gente gritando «No voy a tener casa en la puta vida».