Show bus (Las Agencias)

La primera decisión que tomamos, ya como Las Agencias, fue que nadie cobraría ni un solo duro de los 12 millones de pesetas (72.000€) que nos había dado el MACBA. Fue una decisión arriesgada, pues en ese momento ninguno de nosotros tenía asegurados sus ingresos económicos, pero estoy convencido de que fue una decisión acertada. Dejar a un lado la economía personal y destinar todo el dinero a los proyectos que empezábamos a desarrollar propició un modo de trabajo libre de condicionantes externos. Recuerdo que lo primero que hicimos con el dinero fue comprarnos un autobús. Nos enteramos de que en un pequeño pueblo del País Vasco alguien necesitaba deshacerse con urgencia de uno muy viejo y lo dejaba muy barato. Así que hasta allí que se fueron un par de agentes y lo condujeron hasta el MACBA en un solo día (y sin carnet de autobús).


La idea era transformar el autobús en un «dispositivo de intervención espacial». Partíamos de la conclusión de que en las últimas décadas el espacio de nuestras ciudades había ido convirtiéndose cada vez más en territorio ajeno. La vida social de los barrios se había visto drásticamente desplazada y los centros históricos de las ciudades habían sufrido un proceso de «museificado» con la intención de extraer de ellos la máxima rentabilidad económica. De forma generalizada, las fuerzas económicas habían ocupado el territorio de las ciudades haciendo progresivamente más difícil la vida en ellas.


De ahí la necesidad de dotarnos de un dispositivo móvil para enfrentarnos a la hostilidad del terreno sin necesidad de establecer una base permanente. Lo que perseguíamos con el Show bus (así es como llamamos a este proyecto) era elaborar una serie de tácticas de intervención que, precisamente por encontrarse en constante movimiento, no fuesen fácilmente localizadas y, por lo tanto, suprimidas. Tácticas móviles capaces de eludir los mandatos del orden impuestos en el espacio y que nos permitiesen hacer un uso imprevisible de él.


Lo primero que hicimos cuando lo tuvimos en nuestras manos fue cambiarlo de color. Lo pintamos de color naranja con topos amarillos para que nunca pasase desapercibido. En el techo construimos un escenario de madera que ocupaba toda su superficie y venía acompañado de un contundente equipo de sonido. Esta infraestructura mínima nos permitía llevar a cabo todo tipo de actuaciones, desde conciertos y fiestas hasta obras de teatro, conferencias o incluso discusiones y debates públicos. Las ventanas laterales del autobús, así como la ventana del fondo, las convertimos en pantallas sobre las que proyectábamos todo tipo de imágenes. Con el Show bus así equipado logramos convertir un montón de plazas y calles de España en improvisadas salas de cine al aire libre. El interior del bus también lo modificamos por completo. Sustituimos las filas de asientos por mesas de trabajo y llegamos incluso a instalar señal WI-FI portátil, algo nada fácil de conseguir en aquel tiempo. Esto nos permitía atender a todos los requerimientos técnicos y logísticos que exigían nuestras intervenciones públicas.


Un buen número de colectivos y organizaciones sociales utilizó el Show bus  durante aproximadamente dos años. Muy pronto se convirtió en herramienta imprescindible para ejecutar un montón de acciones distintas. Definitivamente, el Show bus fue un dispositivo que amplió de manera destacable tanto la visibilidad de las acciones de muchos colectivos sociales como la eficacia de las mismas. Acción directa sobre ruedas, eso es lo que era el Show Bus.