Apuntes de estar por casa (II)

1

Salgo por primera vez a comprar unos víveres. El mundo aquí afuera es muy distinto del mundo que percibo en casa a través de los «memes». Las palomas vuelan a ras de suelo y sus sombras azules se deslizan sobre las fachadas de las casas. En las ventanas también hay sombras, son sombras obsesivas que sobrepasan el mundo de las impresiones reales. A cada paso que doy comprendo un poco más lo que sucede: ahora somos todos animales abatidos por una enfermedad que no logramos comprender, y eso nos rompe por dentro.

2

La panadería y la tienda de verduras se han vuelto extrañas. En su interior, unas líneas de demarcación amarillas y negras me indican cómo debo comportarme. En plena confusión de los tiempos, estos lugares albergan la inscripción de unas nuevas relaciones sociales. El rincón del fondo donde acostumbraba a estar la frutería es ahora un auténtico enclave disciplinario. En la pantalla de televisión que cuelga del techo, un hombre mayor con un montón de medallas colgadas en la solapa de su chaqueta habla sin apenas mover los labios. «Estamos en guerra» –dice–, «el objetivo final de todo esto es el de forzar al enemigo a la más absoluta sumisión». ¿Guerra? ¿Guerra contra quién? ¿Quién es el enemigo? ¿Un virus es un enemigo? Esperando mi turno en fila de a uno, con las manos enfundadas en unos guantes de plástico y manteniendo los dos metros de separación reglamentarios, no tengo la impresión de estar metido en una guerra, sino más bien en una galera. Una gran galera donde todos remamos al unísono con todas nuestras fuerzas.

3

No llevamos ni tan siquiera una semana en estado de alarma y la vida cotidiana se ha militarizado ya por completo. Pueblos y ciudades sitiados, cercados, amputados del mundo. Parece que en las guerras del colapso nada importan las consecuencias con tal de alcanzar los objetivos. Meto las naranjas en mi mochila mientras me pregunto si este enfrentamiento a vida o muerte que libramos contra el Coronavirus no terminará por coronar al miedo como rey supremo de nuestro modo de vida. Salgo del mercado con una idea fija en la cabeza: si he de entrar en guerra que sea solo para evitar que el miedo inscriba su destino como un sello en mi alma.

4

De regreso a casa me encuentro en mitad de la calle con María. Sin pensárnoslo dos veces, los dos activamos de inmediato el programa de distanciamiento social del que tanto hablan estos días los tertulianos de los medios de comunicación. Nos saludamos de lejos, no nos tocamos, no nos abrazamos, no nos besamos. ¡Qué poca atención prestaba antes al significado de estos pequeños gestos y cuánto los hecho de menos ahora! «Tenía que suceder esto precisamente ahora» –dice mi amiga en tono jocoso– «justo cuando más necesitada de contacto humano estoy». Los dos nos echamos a reír a la vez, imaginándonos las bocas que se mueven por debajo de las mascarillas. Mi amiga tiene razón: por si fuera poco lo aislados que vivimos ya, ahora tenemos que aislarnos todavía más. El único consuelo que me queda con todo esto del distanciamiento social es saber que de mis acciones depende la suerte de los que me rodean y que yo dependo de ellos también. No es un gran consuelo; de hecho, es tan pequeño que he de repetírmelo a cada momento para que no se me olvide.

5

Antes de entrar en casa, donde todo mi reino es una mota de polvo en el espacio, echo un último vistazo al exterior. Fundidos ya los postreros fríos del invierno, el jardín de mi calle se muestra completamente al descubierto. Pareciera que los primeros rayos del sol de la primavera lo hubiesen calentado hasta desvelar el mensaje oculto en su interior. Mucho me temo que toda esta calma que reina por doquier no es en realidad más que una calma tensa a punto de estallar. En casa me recibe el mismo silencio que dejé al salir. «La naturaleza humana no abriga solamente sentimientos generosos» –pienso mientras cierro con llave la puerta–, «y en tiempos oscuros menos aún». Enciendo la tele con el presentimiento de que esta idea revela una verdad tan profunda que incluso a la vida misma le cuesta aceptar.

6

En la tele muestran las cifras de fallecidos. Son muchos, cada día más. Es extraño ver esos números flotando en el azul infinito de la pantalla. Son como sombras personificadas, me dan miedo: «Tú también flotarás». Un doctor con mascarilla y ojos vidriosos nos advierte de que muy pronto habrá que tomar la triste decisión de quién entra en la UCI y quién no, «porque no habrá para todos». Me pregunto cómo se toma una decisión así. ¿Quién detenta el poder para decidir quién es lo suficientemente importante como para seguir con vida y quién no lo es? ¿Dónde reside la soberanía que determina quién merece seguir vivo y quién es del todo sustituible?

7

La empresa en la que trabaja mi hermana Alba ha hecho un ERTE (la primera vez que escuché esta palabra me pareció que decían «muerte»). De momento le mantienen el sueldo durante un mes, pero mi hermana está preocupada porque «después nadie sabe lo que pasará». Mis amigos están preocupados también. Estos días las llamadas telefónicas, las videoconferencias y los grupos de wassap son un auténtico mosaico de voces desesperadas. El dinero ha dejado de circular y donde más se nota este parón es en nuestras pequeñas realidades. «Tengo ahorros para pasar un mes más; después no sé qué voy a hacer». El virus ha abierto una gran falla en la Tierra que amenaza con tragarnos a todos, a mi hermana, a mis amigos y a mí con ellos también. Antes de la pandemia nuestras vidas eran una carrera de obstáculos; ahora ya nadie corre; ahora tan solo evitamos caernos al agujero; y la fuerza de la gravedad del miedo es tan fuerte que nos mantiene a todos pegados al ordenador, ocupados todo el día en la incesante y solitaria tarea de evitar nuestra propia caída.

8

El interior de la pandemia es un territorio dividido. Aquí dentro no existe la igualdad. Para algunos hay teletrabajo y para otros no; algunos pueden quedarse resguardados en casa afianzando mínimamente su estabilidad personal y otros están expuestos permanentemente al contagio. Akif, el joven pakistaní que lleva la tienda de alimentación de la esquina, es uno de estos últimos. Cada mañana a las ocho abre su comercio de forma puntual al público. No lo hace porque sea más valiente que yo (en una pandemia es imposible ser valiente); lo hace simplemente porque él pertenece a una categoría social en la que sobrevivir significa arriesgarse y sacrificarse. Siempre que paso por allí para comprar una barra de pan hablamos un rato de lo que está sucediendo. Sin perder nunca la amabilidad que le caracteriza, se muestra habitualmente ajeno a toda política. Akif es huérfano de cualquier utopía social. En su cabeza no queda más creencia que la confianza en los milagros. «Frente a este entorno amenazante no hay nada que hacer» –me dice con la mano en el pecho–. «Sólo un milagro puede sacarnos de aquí». Asomado a mi ventana con la luna bermeja de finales de marzo reflejándose en los coches aparcados, regresan a mi cabeza las palabras de Akif y un poderoso sentimiento de indefensión se apodera de mí. En el interior de esta pandemia la sociedad vuelve a estar dividida en clases. Ahora son ya únicamente dos: la clase que todavía dispone del tiempo y de los recursos necesarios para esperar que todo vuelva a la normalidad, y la clase a la que ya sólo le queda esperar un milagro.

9

que corremos un gran riesgo de que este golpe sea demasiado duro y deje a mucha gente atrás. Conforme aumenta el número de fallecidos, aumenta también la preocupación por la recesión económica y sus devastadoras consecuencias. Pero, aún así, sigo negándome a entender todo esto únicamente como un desastre social. Es extraño, pero de algún modo este confinamiento me mantiene despierto y animado. Conforme han pasando los días he ido entrando poco a poco en un tiempo que está más allá del tiempo mensurable del reloj. Es un tiempo que ha dejado de ser solo oro y ha pasado a ser vida también. Este nuevo tiempo de vida despierta una gran curiosidad en mí. Soy como un marinero que en plena travesía no se preocupa mucho por lo que sucede en tierra. No me interesa aferrarme al mero aspecto fenoménico de la pandemia; tengo la impresión de que eso sería desaprovechar una oportunidad irrepetible. Hay que tratar de llegar hasta el núcleo de este acontecimiento y ver qué hay ahí. Tengo la impresión de que lo que nos está sucediendo estos días es muy parecido a esas cosas imposibles que leemos en los libros y que jamás pasan en la vida. Estoy convencido de que una experiencia así esconde en su interior un mundo distinto, uno que no atiende exclusivamente a nuestra idea de cómo deben ser las cosas. Por eso, por mucho horror que traiga consigo esta pandemia, hay en ella también algo de encanto. La ciudad que veo asomado a mi ventana, ese gran plano luminoso en silencio, es la afirmación irracional de que hemos tocado un límite. La prueba irrefutable de que no todo es dinero. Y eso no está mal.

10

Así que no creo que debamos tratar de recuperar el mundo perdido a toda costa y cuanto antes. No hay que tener prisa por reincorporarnos a las grises leyes de un mundo que nos obligaba a enfrentarnos los unos a los otros. Antes de eso, antes de volver cada uno a su guerra, me gustará tomarme un momento para tratar de comprender qué quiere decirnos este parón universal. Quiero aprovechar este tiempo en el que hay menos ruido para reconciliar mi conciencia con la naturaleza de la vida, porque la vida vive de la vida y yo soy vida, nosotros somos vida; el coronavirus también lo es, pero hay otras muchas  cosas que pensamos que son vida y no lo son, no lo son en absoluto. En este viaje que conduce a la puerta más oscura es cuando debemos demostrar el poder de nuestra imaginación. Hay que engrasar sus engranajes y ponerla a funcionar hasta que el hecho de formar parte del mundo se nos antoje algo positivo otra vez. No sé si este extraño ritual que estamos experimentando juntos será lo suficientemente fuerte para modificar nuestra manera de estar en el mundo, pero intuyo que esconde una oportunidad para que así sea y no estoy dispuesto a desaprovecharla. Quizá este duelo (crepuscular y resplandeciente al mismo tiempo) nos ayude a ver con claridad la certera relación entre una existencia miserable, ajustada a la estrecha legislación del dinero, y las leyes catastróficas de un mundo maltratado. Tumbado en mi cama con la luz apagada no percibo ningún sonido, ni de las calles, ni de las casas, ni de los barrios enteros. Nada; sólo oscuridad y vacío. Es como si la ciudad se hubiera esparcido en medio de la noche. Cuando cierro los ojos una última idea cruza veloz mi cabeza: ojalá este silencio sea el umbral de una senda donde podamos caminar junto al mundo otra vez. Entrelazados.

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