Apuntes de estar por casa (III)

1

Estos días los estímulos informativos se han intensificado hasta el extremo. Sin embargo, no alcanzan a llenar ni tan siquiera la mitad del vacío que han dejado las personas. Las palabras en la pequeña pantalla no desprenden apenas calor. Arden un segundo y se apagan después sin dejar rastro. Miles de memes proliferan por todas partes sin parar, algunos me hacen verdadera gracia, pero en otros percibo tan solo la angustia que tratan de ocultar. Todos los días paso un rato a la deriva exponiendo mi cerebro a un sinfín de chistes, datos, noticias, representaciones virtuales de lo más variopinto y lo único que consigo sacar en claro son dos cosas: que mi facultad de discernir entre lo verdadero y lo falso se está desgastando cada vez más, y que esta crisis me sobrepasa. Impulsado constantemente por este movimiento informativo, instantáneo, participativo, implosivo, me resulta cada vez más difícil gestionar las inseguridades y las incertidumbres que me provoca la cuarentena. Esta dinámica comunicativa, tan extremadamente rápida, me dificulta en gran medida la tarea de elaborar emocionalmente los estímulos que percibo. Me siento como si hubiese sacado mi sistema nervioso fuera de mí y ahora fuera incapaz de controlarlo. Metido de lleno en este contexto donde la sobrecarga de información es la norma, me pregunto qué habrá por debajo de las noticias: ¿qué hay más allá del ruido constante de la información? ¿Silencio? ¿Y debajo de las imágenes?, ¿qué hay debajo de todas esas imágenes que no dejan de chocar las unas con las otras?  Estos días, la pantalla de mi ordenador es una extensión de mí en la que empiezo a no reconocerme.

2

Desde que comenzó el encierro advierto una especie de erótica de las imágenes. Me llaman, me atraen, me seducen hasta que consiguen que fije mis ojos en la superficie brillante de la pantalla y, entonces, completamente rendido, se convierten en mi principal relación con el mundo. Es como si al mirarlas delegase en ellas la ardua tarea de comprender lo que está sucediendo. No lo hago de forma consciente. Me siento en el escritorio y me dejo caer por los muros de las redes sociales esperando que las imágenes me expliquen aquello que yo mismo no alcanzo a comprender. Empecé a hacerlo cuando dejé de salir a la calle, fue entonces cuando las imágenes se otorgaron a sí mismas el papel de la verdad. Desde ese momento, ellas tratan de revelarme la realidad de este fenómeno y yo trato de creerlas. Pero cuando cae el sol y apago la pantalla, lo único que han conseguido es hacerme consciente de mi propia ausencia y de la de todo lo que ellas representan.

3

Un amigo me dice que estos días no puede leer. «Bastante se ha interrumpido ya el mundo como para interrumpirlo yo más aún». Pero la lectura no tiene por qué ser interrupción. A mí, leer me está ayudando a seguir ligado al mundo mucho más que mirar las noticias. Más allá del argumento propio de cada libro, más allá de la trama confinada en sus páginas, los libros que leo estos días se desarrollan todos alrededor de un mismo conflicto: las cosas tan terribles que le hemos hecho al mundo y la repercusión que eso tiene en nosotros. Por entre sus páginas asoma todo el rato un mismo personaje. Es un ser perdido en el tiempo que trata por todos los medios de reconciliarse con el mundo. Pero le cuesta, pues a cada paso que da pone en juego tanto su pasado como su futuro. No hay afirmaciones ni verdades reveladas en los libros que leo estos días. Salvo una: la de que todo lo que sabía hasta ahora ha muerto. Tumbado en el sofá del salón con un libro en la mano, me asomo cada tarde al precipicio de la extinción, esa idea contundente y radical de un futuro sin nosotros. Definitivamente, estos días la lectura no es para mí sinónimo de interrupción del mundo, ni mucho menos de evasión. Leer hoy es más bien un modo de cortar con la evasión permanente en la que vivo cuando todo funciona con normalidad. Es recuperar la atención perdida. Es sentir la inexpugnable fuerza de un mundo que se ve amenazado por nuestra siniestra y disparatada falta de atención. Los libros que leo confinado en mi casa son el aval de mi valía de cara al futuro, y el recuerdo de que lo humano que queda en mí necesita de humanidad. Todos ellos me dejan una misma enseñanza cuando los cierro. Una única lección. Ayer se la envié a mi amigo por whatsapp: el presente debe saber del pasado lo que no debe llegar en el futuro.

4

El vecino del tercero, asomado a la ventana, le increpa a la chica que vive en el entresuelo: «Sales tú mucho a comprar». La chica le contesta que le dejé en paz y que se meta en su vida. Pero mucho me temo que el hombre está ya metido de lleno en su vida y que su vida se reduce a vigilar lo que hacen los demás. El mundo de mi escalera de vecinos se va cerrando poco a poco sobre sí mismo y el resultado es el mismo que cuando lo hace una persona: deja de amar a los demás. Confinados en nuestras casas, mis vecinos y yo nos hemos ido quedando poco a poco sin afuera (al menos de la manera en que lo concebíamos antes) y ahora estamos todos metidos en una estancia parecida a las que describe Kafka en sus relatos. Un lugar frío, lóbrego, donde la vigilancia es consecuencia obligada del aislamiento. «Si no empezamos a cuidamos los unos a los otros ninguno estará seguro aquí», pienso mientras me meto en la ducha. Es únicamente en situaciones de agradecimiento, de amistad, cuando la vida se intensifica. Se lo pienso decir a mi vecino la próxima vez que me encuentre con él. «Con la amistad extendida» le diré «se vive más y mejor» (a ver qué me contesta). Me parece una tontería seguir empecinados en protegernos a nosotros mismos frente a los demás. Si algo me está enseñando esta cuarentena es que ha llegado el momento de inaugurar nuevas formas de relación con los que viven a mi lado. El que estemos ahora encerrados no quiere decir que no tengamos que seguir relacionándonos. Eso también se lo diré cuando lo vea asomado a la ventana, y le propondré que comencemos a hacerlo partiendo de la fragilidad. De qué otro modo podríamos hacerlo, si no, ahora que estamos todos confrontando nuestra propia muerte.

5

En los periódicos hablan de varias semanas más, meses quizá. Más que un confinamiento esto empieza a ser un sinfinamiento. Trato de mantenerme ocupado, preparo clases nuevas, arreglo el grifo de la ducha que no deja de gotear, pero por más que hago no me quito de la cabeza la imagen de los ataúdes en la pista de patinaje sobre hielo de Madrid. Distribuidos así, en fila de a uno, parecen el resultado de una cruel sentencia. Cadena perpetua no revisable para el conjunto de la especie humana. «Se nos ha metido dentro un intruso» pienso mientras aprieto la junta del grifo de la ducha; y desde lo más profundo de nosotros este pequeño ser entrometido nos obliga a rendir cuentas. Cuentas por habernos creído superiores a todo lo no humano, a la naturaleza, al cosmos, y por haberle hecho al mundo lo que le hemos hecho. Rendir cuentas de algo así no es fácil. Nunca lo es cuando hacerlo implica perder una posición de poder. Aceptar nuestra arrogancia de habernos creído el centro del universo nos obliga a tomar conciencia de nuestra propia vulnerabilidad. Y en la vulnerabilidad todos somos iguales. Los ataúdes grises plantados en la pista de hielo son la prueba irrefutable.

6

Me lavo de nuevo las manos. Ver el agua, meter la mano en el agua, desear fundirme en la corriente de un río hasta el fondo y bucear a pulmón allí abajo, donde las truchas viven ajenas a todo lo que sucede en la tierra. Hoy se cumplen tres semanas de la cuarentena. La vida antes de ella empieza a estar ya lejos. Vista a la distancia, aquella era en realidad una vida extraña. Estaba basada exclusivamente en el cálculo y pretendíamos vivirla sin poner nada en riesgo. Intentábamos conocer todo antes incluso de que hubiese sucedido. La vida previa al Coronavirus era una vida con un seguro de vida que caducó en el momento en que hizo entrada el Covid-19. El Covid-19 nos ha traído «un espacio desconocido» y ahora ya nadie sabe lo que pasa ni lo que pasará. A mí esto no me parece del todo mal. Peor era tratar de saberlo todo anticipadamente. Aquello, además de ser una ilusión, nos hacía estar un poco muertos. Lo que estamos viviendo ahora lo desconocemos y eso sí es verdad que da miedo (lo desconocido siempre atemoriza). Tenemos miedo a la enfermedad y miedo a lo que vendrá después de la enfermedad; miedo a estar encerrados en casa y miedo a lo que nos encontraremos cuando salgamos de nuevo a la calle. Pero insisto, no está tan mal. El miedo puede orientarnos más y mejor que el cálculo. Un amigo terapeuta siempre dice que el miedo, cuando está bien enfocado, puede ser el principal impulsor del cambio. Y si algo necesitábamos nosotros era cambiar. Seguir haciendo lo que hacíamos del modo en que lo hacíamos es lo que realmente debería darnos miedo. Aprovechemos que la cuarentena ha dejado atrás aquella vida neurótica llena de certezas y de seguros que vivíamos antes y abrámonos a la fragilidad de una vida sin garantías de nada, pero en armonía con todo.

7

Entre el ruido del viento nocturno escucho los pasos de un hombre. Es mi vecino Alfredo acompañado de su mastín del pirineo. Los dos caminan despacio, contando con la cabeza cada paso que dan. En estos momentos el mínimo gesto encierra todo un universo. En la radio los políticos no dejan de hablar. Los escucho y tengo la impresión de que su boca, su cerebro y su corazón circulan por vías separadas. Los del Gobierno dicen que en estos momentos la lógica institucional exige confianza, pero su corazón no acompaña a sus palabras, pues saben bien que la confianza (comenzando por la suya propia) es uno de los recursos humanos que más escasean. Los de la oposición contestan que sí con la cabeza, pero por dentro saben perfectamente que no. «Podríamos caernos al suelo todos muertos, desplomarse todas las casas de España a la vez, y estos tipos seguirían a lo suyo sin percatase de nada» pienso mientras busco algo de buena música en la radio. Esta catástrofe no puede ser una nueva oportunidad para relanzar la economía capitalista con más violencia aún. El final de la cuarentena no puede dar comienzo a la gestión de la misma economía extractiva y contaminante que nos ha traído hasta aquí. Para evitar que esta experiencia signifique un paso más hacia una sociedad insostenible, necesitamos algo más que el famoso plan de choque social que propone en voz baja el gobierno. Tenemos que empezar por ayudarnos los unos a los otros a encontrar otras posibilidades ocultas en esta pandemia. Y hay que hacerlo pronto. Antes de que mi vecino y su perro lleguen a casa.

8

En el cielo la luna brilla imperturbable. Está llena otra vez. Aquí abajo, en la Tierra, sin embargo, estamos experimentando un eclipse  de consecuencias impredecibles. Es un eclipse raro, un eclipse que afecta principalmente al tiempo de las personas. Desde que dio comienzo, pasado y futuro se han disuelto en una temporalidad volátil. El pasado es ahora poco más que una imagen guardada en un cajón polvoriento y el futuro es simplemente inimaginable. Recuerdo haber hablado en alguna de mis clases de la pérdida de historicidad (tanto existencial como colectiva) y haber dicho que toda obra de arte es, de alguna manera, una ruptura con el continuum del tiempo lineal. Pero decirlo es muy distinto de vivirlo. Pasar físicamente por esta crisis de funcionamiento temporal del mundo me sitúa frente a un absoluto. Me miro por las mañanas en el espejo del baño y siento que soy alguien distinto al que era hace apenas un mes cuando todo esto comenzó. Pero no sé en qué sentido. Es como si todos aquellos pensamientos que giraban entonces por mi cerebro a una velocidad vertiginosa se hubiesen visto reemplazados de repente por una terminante duda: ¿refleja este parón mundial, como lo hace mi espejo, la imagen invertida de un modo de vida agotado? ¿O es sencillamente un reset lo que estamos viviendo? ¿Hemos apagado la máquina y volveremos a encenderla pasado un tiempo? Y si es así, ¿será la misma máquina la que pondremos en marcha o será otra distinta, una más parecida a una obra de arte? La verdad, es que no tengo respuestas a las preguntas que me plantea esta crisis. Y quizá sea mejor así. Lo peor que podría sucederme después de estar confinado en casa es quedarme encerrado en mis propias certezas. Yo, cuando salga de aquí, donde quiero quedarme es en lo abierto.

9

Amanece. El sol se cuela por la rendija de las cortinas blancas y me despierta con su calor primaveral. Todavía perdido entre sueños, las primeras ideas del día comienzan a enredarse lentamente por mi cabeza como una vegetación tropical. Veníamos de lejos pilotando un avión destartalado que acabó por estrellarse contra el mundo. Ahora somos cajas negras esparcidas por ahí grabando en nuestro interior cada detalle de este extraño suceso planetario. La causa del accidente ya está clara: una grave incapacidad para imaginar. Cuando los hombres de negocios, los economistas, se apropiaron del destino no fuimos capaces de ver más allá de un futuro distópico. Así que nos precipitamos hacia él. Salgo de la cama despacio y me pongo la ropa como si fuera a salir a la calle. La cuarentena es cada vez menos un acontecimiento y más vida cotidiana. «Debemos ser capaces de prever una forma futura distinta a la del accidente» me digo a mí mismo mientras preparo un zumo de naranja. La vieja normalidad que nos condujo al accidente no nos sirve ya. Es momento de aceptar su pérdida. Dejemos atrás aquello que nos agrede desde el interior de nuestra propia civilización y pongámonos juntos a escribir unas nuevas reglas de convivencia. Aprovechemos ahora que hemos detenido la laboriosa edificación de la nada para inventarlo todo de nuevo. Tiempo no nos falta.

10

Parece que para seguir juntos debíamos conocer antes la separación. Pues bien, ya la hemos conocido. Ahora toca seguir adelante.