Cuando vea así a los reyes

Mira esta imagen, mírala bien. Ahora cierra los ojos y piensa en Sarkozy y en todos esos gitanos expulsados de Francia. Caminaron un año, dos años. Atravesaron una república y otra más y descubrieron en lontananza el monumento al Euro. Entre sus estrellas oxidadas vieron unos edificios siniestros; aquella era la tierra de la serpiente feroz.

No abras los ojos aún y piensa ahora en el Rey de España matando elefantes en África. Te lo dijeron en el colegio y es verdad: nada es grande ni pequeño sino por comparación. Y los humanos tendemos a exagerarlo todo: a nuestros héroes, a nuestros enemigos. Sobretodo a nuestros enemigos. Mantén los ojos cerrados y piensa en los minijobs y en todos esos chicos que ruedan por Alemania como rastrojos que lleva el viento. No necesitas haber ido a ninguna parte para saber que esos chicos son como tú. Para ellos, la vida también es una carga demasiado pesada, un camino de cemento mojado. Parece que fue ayer mismo cuando te mirabas en el espejo por la mañana y te decías que algún día, muy pronto, daría comienzo tu baile y que cuando llegase ese día tendrías algo que nadie más posee, algo distinto. Hoy sabes que pensar así es desperdiciar el tiempo. Abre los ojos.

Mira de nuevo esta imagen, mírala bien. Mira a la reina y mira al príncipe; mira la pandereta. Olvídate por un momento de la profunda oscuridad que te rodea, de la boca negra que se traga tu existencia a diario y mira la pandereta. Imagina cómo suena. Su sonido es la advertencia de que, por mucho tiempo que pase, por grande que haya sido el espacio de estas largas épocas, seguimos sufriendo la misma enfermedad, seguimos siendo un país de pandereta. Una Europa de pandereta. Todavía es imposible vivir aquí y, sin embargo, míranos, aquí estamos. Todos metidos en lo mismo. Mira la pandereta y piensa que cualquiera que haga nacer una brizna de hierba en la tierra merecerá siempre más respeto que toda la casta de políticos junta. Mira la pandereta y no te preguntes adonde se ha ido el mundo, pregúntate dónde está. Y sigue adelante, danzando a su son, con una sonrisa dibujada en la cara. La sonrisa burlona del que sabe que el único vasallo, es el que opta por el sometimiento.


Texto publicado en el libro
Los Borbones en pelota
(Olifante Ediciones de poesía)