El arte de cambiar el mundo y la máquina que lo retiene

Nuestra cultura se halla inmersa en su propia crisis vital. La modernidad, conducida por el mito occidental del progreso, modeló el futuro en términos de expansión, de acumulación e intensificación del ritmo de la producción. Durante siglos hemos vivido un auténtico romance con la máquina y con la potencia. El precio a pagar por este romance, por el mantenimiento de este mito, ha sido muy alto.

Por un lado, nos ha costado una catástrofe ecológica (y puede que nuclear también, a juzgar por lo que dicen hoy en las noticias); y, por otro, la creación de una psicología que nos reduce a seres cuya dignidad se define únicamente por su capacidad productiva y consumista. Ambas condiciones han terminado por conducirnos al mismo lugar: al umbral de la auto-aniquilación.

Nos encontramos en uno de los pasajes más difíciles de nuestra evolución. Atravesarlo y vivir para contarlo nos obliga, nada más y nada menos, que a imaginar la cultura otra vez. Toda la cultura al completo. O cambiamos nuestra concepción del sentido de la vida humana o parecemos estar destinados a seguir los pasos de los mayas y de otras civilizaciones pretéritas hacia su propia extinción.

No creo, como dicen por ahí, que el problema sea la falta de medios técnicos o pragmáticos para resolver los conflictos a los que nos enfrentamos hoy. El problema se encuentra más bien en la firmeza con la que se presenta la mitología occidental y su incapacidad por adaptarse a condiciones cambiantes.

Al mostrarse así de firme, esta mitología y la ideología política y económica que la acompaña nos ciega y nos deja mentalmente paralizados, incapacitados para trascenderla. Y, claro, cuanto más incapaces nos sentimos de doblegar está rigidez mitológica más negro se nos presenta el futuro y menos esperanza tenemos en un porvenir mejor.

Con esta incapacidad creativa circulando por nuestro interior el mundo se mueve a ritmo de una agresividad cada vez más desbocada en la dirección única de la competitividad. Ahí es donde nos encontramos atascados hoy: en el interior de una máquina que nos separa a los unos de los otros y nos deja encerrados en nosotros mismos, perdidos en el laberinto consumista de nuestros propios deseos e incapaces de producir el cambio radical que necesitamos.

Así las cosas, se torna urgente responder a la pregunta de cómo trascender el horizonte mítico de la modernidad occidental, cómo escapar de su embrujo mitológico que nos arrastra hacia el desastre. O, dicho de otro modo, cómo producir el cambio radical que necesitamos para escapar de esta máquina antes de que explote con todos nosotros dentro.

Pues bien, lo que vengo a decir yo aquí es que el arte puede ser de gran ayuda en este sentido. Sé que esta afirmación puede resultar algo sorprendente. Comparado con los graves problemas a los que nos enfrentamos hoy (empezando por el cambio climático), hablar de arte puede parecer bastante superfluo, pero esta objeción es válida sólo mientras sigamos viendo el arte desde el interior de la máquina que lo tiene atrapado. Porque, claro, el arte, como todo lo demás, también se encuentra encerrado en esta máquina mitológica occidental de intensificación de la producción y el consumo que mencionaba más arriba.

Dentro de esta máquina el arte queda reducido a un producto más del mercado. Ahí dentro es bello sólo aquello que se expone en lugares prestigiosos, lo que se vende a precios exorbitantes, lo que tiene éxito comercial (o muchos likes, que es casi lo mismo). El mecanismo automático de esta máquina hace que el juicio estético se relacione exclusivamente con el valor mercantil de la obra, y eso, por supuesto, independientemente del tema específico que trate la obra.

De hecho, esa es una de las grandes contradicciones que sufre el arte actual encerrado en esta máquina, que aborda como nunca antes temas sociales y políticos, pero lo único que logra conseguir con eso es la autopublicidad y el prestigio personal del artista. En el interior de esta máquina donde todos competimos por alcanzar la visibilidad y la atención de los demás, las obras de arte contemporáneo tienen muchas veces un contenido político, pero rara vez son activas políticamente. Y esto, claro, provoca una tremenda deformación del sentido de las obras.

Para resumir, podríamos decir que lo que impulsa a las artes (políticas o no) en el interior de esta máquina es algo muy parecido a lo que necesita el capitalismo contemporáneo para asegurar su eficacia: culto de la iniciativa personal, competencia, desregulación, innovación perpetua… O, dicho de otro modo, el arte y los artistas se ven guiados aquí dentro por el mismo espíritu que cualquier empresa mercantil.

Los artistas, al igual que las empresas, tienen que exponerse para ser vistos, ser vistos para ser reconocidos, y ser reconocidos para poder venderse. Bajo esta lógica que mueve hoy a la mayoría de producciones artísticas, la búsqueda de empleo, la seducción del cliente, la autopromoción y la venta de uno mismo se convierten en gestos indiscernibles entre sí, y el artista está obligado a convertirse en una especie de marca comercial. El famoso Self Branding que vemos hoy por todas partes. Por eso cada vez resulta más difícil encontrar artistas dedicados a realizar una obra honesta ajena a las modas y tendencias del momento.

En el interior de la máquina mitológica occidental, el arte contemporáneo es uno de los campos de experimentación más activos del capitalismo avanzado, el terreno donde pone a prueba muchos de sus actuales métodos de intervención. Ahí encerrado, el arte se encuentra completamente integrado en un sistema económico donde lo que se compra es el modo de vida, la identidad y, finalmente, la propia existencia personal.

Pero, afortunadamente, el arte no es sólo esto. El arte es algo más. El arte es la única actividad desarrollada por los humanos capaz de arrebatar la mente discursiva y llevarla a un nivel de realidad más abierto y expansivo. Aunque hoy no lo parezca, el arte es también y principalmente una experiencia que no se reduce a la razón, ni económica ni de ninguna otra clase.

Si llevamos tanto tiempo haciéndolo es porque, tal y como dice Martel en su libro Vindicación del arte en la era del artificio, el arte es lo único de lo que disponemos para acceder de manera colectiva a la psique en sus mismos términos. O, como decía Marcel Proust: el arte es lo que inaugura ese espacio donde «los seres humanos convivimos en un nivel inasequible para el lenguaje y las otras formas de comunicación ordinarias».

Desde el siglo de las luces, la importancia que se le ha dado al conocimiento científico por encima del conocimiento artístico ha limitado mucho la posibilidad de explorar el arte en toda su profundidad. Mantener este desequilibrio hoy, a estas alturas de la historia, además de representar una enorme pérdida experiencial, supone también un gran peligro.

Si seguimos reduciendo la experiencia humana al supuesto científico de que solo existe la materia, ¿qué otro propósito vamos a tener en la vida que no sea el éxito material y la acumulación de bienes materiales? No es tan descabellado pensar que esta limitación es, precisamente, la causa de que nos veamos ahora como nos vemos: girando en falso en un presente incierto, tratando de controlarlo todo, pero totalmente incapaces de orientarnos en un mundo cada vez más confuso.

Afortunadamente, el mundo físico no es el único mundo que habitamos, ni mucho menos, y el arte nos lo demuestra constantemente. Por mucho que en los programas universitarios y el sistema económico actual traten de meterlo en ese cajón, el arte no es ciencia. El arte es una especie de metadisciplina que corre en paralelo a otras muchas disciplinas, pero que no es ninguna de ellas en realidad.

El arte es una forma heterodoxa de conocimiento. Su capacidad a la hora de cruzar barreras epistemológicas, barreras del conocimiento, provoca nuevas formas de diálogo con los objetos, con otras formas de vida, con nosotros mismos, con el mundo. Estas nuevas relaciones con las cosas que provoca el arte son, exactamente, las que nos abren las puertas a un nivel más profundo de conciencia.

Estoy convencido de que sin el arte esa conexión a un nivel más profundo de la conciencia sería simplemente imposible, y no quiero ni pensar cómo sería el mundo en ese caso. Estaríamos incluso más perdidos de lo que estamos ahora. Entonces sí que seríamos absolutamente incapaces de orientarnos hacia modos de ser alternativos, ni individuales ni colectivos.

Creo que fue Coleridge quiendijo aquello de que «la imaginación es el agente fundamental de toda percepción humana». Tenía mucha razón, ¿y sabes dónde alcanza la imaginación todo su potencial? En la expresión artística. Es en el arte y en ninguna otra parte donde la imaginación trasciende a sí misma hasta crear algo inesperado.

Porque el arte, a diferencia de lo que piensan algunos, no ilustra ni instruye: el arte crea. Por eso no es exagerado decir que el arte es un tipo de alquimia, porque parte de un material y lo convierte en algo completamente nuevo. Crea cosas que no son sólo físicas, objetos inconcebibles que hacen que se intensifique todo lo que existe dentro y fuera de nosotros. Esta capacidad que tiene el arte de atisbar y crear configuraciones todavía inconcebibles en otros lenguajes es una de las principales diferencias que lo alejan del cientificismo y del productivismo capitalista, ambos enfocados exclusivamente en el análisis y explotación del mundo físico.

Nos hemos preguntado millones de veces por qué hacemos arte, y seguimos sin saberlo muy bien. Sin embargo, si lo retiramos de la imagen que tenemos de nosotros mismos como especie, perdemos automáticamente la esencia de lo que somos. Yo creo que si lo llevamos haciendo desde el principio de los tiempos es porque, de algún modo, nos empuja a superar los límites (tanto internos como externos), y eso, sin duda, nos ayuda a sobrevivir, a seguir evolucionando.

Esta conciencia a la que accedemos mediante el arte es siempre la antesala de un cambio profundo en nuestros comportamientos. Es lo que nos hace comprender y calibrar nuestro lugar en el cosmos, o, dicho de otro modo, lo que nos ayuda a dar con una nueva forma de habitar este mundo. Por eso es tan importante liberar al arte de la máquina donde se encuentra hoy retenido, porque el arte es la manera que tiene esa conciencia de llegar hasta nosotros y transformarnos para después transformar nosotros el mundo. De lo que se trata, pues, es de liberar al arte para poder experimentarlo en toda su dimensión, y hacerlo antes de que el mundo termine por disolverse en el funcionamiento automático de la máquina que lo retiene.

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Fotografía: Vies en transit (Adrian Paci, 2013)