Allí donde la separación es más extrema (Fuego en la banlieue)

El pasado 2 de febrero un agente de policía francés violó con su porra a Théo Luhaka, un chico de 22 años residente en Aulnay–sous–Bois, la banlieue norte de París. Desde entonces, no hemos dejado de ver pasar por nuestros muros de Facebook imágenes repetidas de coches ardiendo y paradas de autobús destruidas. Las vemos descender hasta perderse en la nada, la misma nada que las trajo hasta aquí. La Banlieue es la nada. Periferia diseñada como fortificación entre la ciudad–museo de París y la tierra de la marginación urbana y la segregación étnica. Estas auténticas islas de cemento son el ejemplo máximo de la racionalización totalitaria de la vida urbana y sus nefastas consecuencias. Aquí viven atrapadas millones de personas bajo un condicionamiento de hierro, la violación del otro día no es más que un ejemplo entre muchos de dicho condicionamiento.

Marcados por el más absoluto rechazo social, los habitantes de esta nada no esperan reconocimiento alguno por parte de la sociedad. Son el resultado de la quiebra total de cualquier posible vínculo social, y lo saben. Por eso sus protestas no reivindican nada más que seguir con vida. «¡Sigo vivo!», eso parecen decir sus piedras, eso su fuego. Si la emprenden a golpes con todo su entorno cotidiano es porque lo detestan, y porque saben que nunca escaparán de él. Odian su vida pero no quieren morir, al menos no así, asesinados y violados por la policía. Ver arder su entorno les hace sentir que todavía están vivos. El fuego, símbolo de reconocimiento de la existencia, de pertenencia a un mundo que, aunque quiere acabar con ellos, todavía no lo ha conseguido. En la noche, bajo el fuego, se forman bandas (sigo vivo y aquí estoy, junto a otros supervivientes como yo), justo allí donde la separación es más extrema y la guerra de todos contra todos el pan nuestro de cada día. El fuego, las piedras, las bandas abren puertas a una posible percepción común de la existencia, y eso les da más vida; menos muerte. Ahora falta que compartamos esa misma percepción nosotros también. Sin este vínculo, sus vidas seguirán perdiéndose en la nada sin dejar huella.