La escalera de Parásitos

Una buena manera de entender un sistema complejo es alterarlo y luego ver qué sucede. Parásitos es una casa vuelta del revés que muestra con absoluta claridad de qué está hecha la vida de nuestros días (y lo que nos sucede al vivirla). Lo más importante de la película es la escalera. Esa larga escalera que conduce en una dirección a las habitaciones de arriba, llenas de luz y de un futuro radiante, y en la otra al sótano, ese profundo agujero donde nada brilla. Parásitos es la historia de estos dos espacios que en realidad son uno solo: el espacio desintegrado de lo social.

La película es honesta, es visceral, nos calienta el alma hasta dejarnos ver el mensaje que oculta. Tiene toques de cine negro, de thriller, de terror, es una película que no desentonaría demasiado en la estantería de home invasion, esas pelis en las que el hogar se ve invadido por una fuerza maligna dispuesta a destruirlo todo. Parásitos es también una comedia, pues como toda situación dramática ésta también se presta para echarse unas risas, pero son las risas que nos entran cuando asomamos la cabeza en una tumba.

Hay por ahí un filósofo que dice que en el mundo sólo hay dos tipos de personas: los que cuentan y los que son contados. En esta película aparecen representados los dos, y se parecen bastante en realidad. En un extremo de la escalera encontramos a la familia Taek, ejemplo vivo de la desintegración social. Una familia que, tras abandonar por completo toda idea de conseguir un trabajo digno, sus miembros pasan a representar el extremo más oscuro de la escalera social. Al otro lado se encuentran los Park, triunfadores beneficiados por la globalización. Ambos extremos de la escalera se comunican, pero no llegan a unirse jamás.

La película muestra tanto la incapacidad de los Park para adaptarse a la vida en sociedad, y su absoluta negación de toda realidad que no sea la suya propia, como la descomposición de valores acontecida en la categoría social a la que pertenecen los Taek. Tanto los Park, encerrados en su fortaleza y también en las tensiones y paranoias propias de su posición, como los Taek, habitando los restos de una clase —la clase popular— cada vez más rota, más perdida y más asilvestrada, resultan análogamente poco atractivos. ¿Quién en su sano juicio podría desear ser un ególatra aislado del mundo, o un condenado por la historia económica, presentado como una subclase inculta, estafadora y violenta? La escalera que parece unir el espacio de arriba con el de abajo provoca en realidad el hundimiento de ambos en el espacio desintegrado de lo social.

El espacio desintegrado de lo social, o lo social sin sociedad, es una fría corriente de aire que provoca el repliegue de los de arriba en sus bastiones, en sus empresas, en sus riquezas, mientras que a los de abajo se les va haciendo el mundo cada vez más pequeño y más oscuro. El ruido de sus pisadas, de las de todos ellos, reverbera a lo largo de una escalera tendida sobre un vasto abismo negro que se pierde en la noche. En lo social sin sociedad no es de noche porque se hayan apagado las luces es más bien que la oscuridad se ha encendido hasta hacerse algo tangible. Los de abajo la notan en la piel y en los pulmones tanto como la sienten los de arriba deslizándose a través de su mente.

Mientras las dos familias mantienen los respectivos espacios que les corresponden en la escalera, todo está en calma. Una calma dolorosa y asfixiante, pero calma al fin y al cabo. Sin embargo, en cuanto ambos comienzan a perder el control de sus espacios, la escalera se tambalea dejando al descubierto la debilidad de ambas posiciones. Es entonces cuando da comienzo la sátira hiriente y conmovedora que escenifica el choque frontal de dos impotencias. Los del arriba reaccionan reforzando su bunker y aislándose todavía más, y los de abajo haciendo lo único que han podido hacer siempre los de abajo: autodestruirse.

Parásitos es un cuento negro que desmonta por completo la ilusión de la escalera social. Nadie asciende, nadie desciende; al final de la película no hay posibilidad alguna de recomponer los fragmentos rotos y desperdigados del cuerpo social. Lo único que hay, en todo caso, es descomposición de los lugares claustrofóbicos donde ya nadie puede respirar, ni los de arriba ni los de abajo, con la esperanza de que puedan aparecer otros lugares; lugares nuevos para otros comienzos.