La evolución de un insulto

En los años sesenta dimos un salto evolutivo. Aquella década de contracultura fue el empujón que necesitábamos para adquirir otro grado de conciencia. A ella le debemos, entre otras cosas, el gran movimiento de los derechos civiles, el movimiento ecologista (de alcance global), el impulso del feminismo, así como una exquisita sensibilidad ante cualquier forma de opresión social de cualquier minoría. Si algo caracterizó a aquella época fue el deseo de ser lo más justa e inclusiva posible.

Fue entonces también cuando comprendimos el papel fundamental que desempeñan nuestras realidades interiores (nuestra moral, nuestros sentimientos, nuestros valores, nuestras creencias…), en la tarea de crear una cultura capaz de cambiar este mundo a mejor. Este descubrimiento fue, sin duda, el principal impulsor de una serie de acontecimientos que modificaron de un modo irrevocable la cultura a un nivel global. Si echamos un vistazo a la cultura de nuestros días veremos que las ideas de aquella época se encuentran todavía esparcidas por todas partes: colegios, universidades, museos, empresas, pasarelas de moda, platós televisivos, novelas, películas, series, anuncios… En este sentido, no sería tan descabellado afirmar que las ideas de la contracultura se han hecho hegemónicas.

Sin embargo, basta también un simple vistazo al panorama cultural contemporáneo para percatarnos de que aquella transformación tan sana de la conciencia, que comenzó a abrirse paso en los años sesenta del siglo pasado, ha ido derivando con el paso del tiempo hacia modalidades manifiestamente insanas. Siguiendo los postulados de la contracultura, escuchamos hoy por todas partes –y en cualquier formato– cosas como que «todos somos iguales» o que «todas las vidas valen lo mismo», pero lo cierto es que los mensajes emitidos por la cultura contemporánea (que son los de la contracultura), se encuentran cada vez más alejados de la realidad social.

Esta contradicción entre discurso y realidad produce, entre otras cosas, la gigantesca crisis de legitimidad que habitamos a diario. La hipocresía y el engaño parecen haberse instalado en lo más profundo de nuestra cultura. No pasa un día sin que escuchemos a un filósofo o a una filósofa hablar de unos principios y unos valores que ellos mismos no encarnarán jamás; del mismo modo que, todos los días también, contemplamos obras de arte que representan actitudes diametralmente opuestas a las que adoptan los autores en sus vidas privadas.

Es como si, una vez terminada la experiencia viva de la contracultura, sus ideas y sus valores se hubiesen perdido por vericuetos disfuncionales hasta acabar desembocando en esta tierra baldía en la que parece encontrarse encallado nuestro mundo de hoy; y la única capacidad cultural que pareciera quedarnos aquí fuese la de representar la performance de la contradicción: decir una cosa y hacer otra bien distinta. Lo cual, dicho sea de paso, resulta bastante agotador.

Sé que no estoy diciendo nada que no sepamos ya todos, pero por más acostumbrados que estemos a vivir en un mundo así, no deja de ser un serio problema, pues, en el fondo, una cultura que miente a sus miembros es una cultura condenada a morir matando. Preguntarnos por las causas que han provocado que esto ocurra nos forzaría a escribir muchas más palabras de las que caben en este breve artículo, así que me limitaré a mencionar tan solo una de las más destacables. Desde mi punto de vista, la falta de legitimidad cultural se debe en gran parte a que las ideas y los valores de la contracultura se encuentran hoy actuando en el interior de una máquina de separación.

Esta máquina tecno-social es a la vez abstracta y muy material, y su programa responde a la creación única de una individualidad solitaria y competitiva en busca del beneficio personal, principalmente el beneficio económico. Dentro de esta máquina, acopladas a su código de fragmentación, las realidades interiores de cualquier persona (como la moral, los valores, las creencias, la conciencia) se desajustan por completo de las realidades del sistema en el que viven, y este desajuste carga los valores contraculturales de una energía que es exactamente la opuesta a la que les dio la vida.

Por eso, hoy en día, más que unidad y amor, lo que las ideas de la contracultura promueven es más bien separación y guerra. Guerra cultural, para ser más exactos. La vemos todos los días en la calle, en el Telediario, en las redes sociales, en los museos, en todas partes. La guerra cultural se ha vuelto algo nuclear en nuestra sociedad. Las palabras que se dicen en esta guerra son las mismas que se decían en la contracultura: ecología, feminismo, igualdad…, pero al hacerlo desde el interior de esta máquina que anula por completo la interioridad del ser humano, acaban por convertirse en afirmaciones vacías.

Como la máquina de separación impide el encuentro honesto entre iguales, y cancela por todos los medios la posibilidad de experimentar aquello que decimos, cada vez nos cuesta más dar razones legítimas y coherentes que justifiquen nuestras ideas y nuestros valores. ¿Cómo vamos a estar seguros de algo que no hemos experimentado? De ahí que las ideas de la contracultura hayan mutado hoy hacia algo manifiestamente insano, porque cuando la inclusión, el respeto, la compasión, la libertad son imposibles de experimentar realmente con los demás, pierden su sentido original y se convierten en signos descarnados empleados, únicamente, como objetos arrojadizos con los que tratamos de imponer algún tipo de poder.

«¡Fascistas!», «¡racistas!», «¡sexistas!», últimamente nos pegamos el día diciendo estas cosas, y aunque es cierto que a veces las decimos apoyados en argumentos bastante válidos, no por ello dejan de ser un tiro que nos propinamos en nuestro propio pie. Esta actitud beligerante es un buen ejemplo del colapso de máxima fragmentación que impone la máquina de separación en la que malvivimos. En este contexto, las buenas ideas se convierten automáticamente en credos dogmáticos y fundamentalistas que actúan del modo opuesto al que predican: movimientos por la igualdad que provocan todo tipo de desigualdades, asociaciones por la inclusión que no hacen más que excluir a todo aquél que no comulga con su credo, activistas contra la identidad absolutamente identitarios, antifascistas comportándose como auténticos fascistas… Ante este panorama tan desolador, me pregunto si no estaría mejor que dejásemos de ver como un enemigo a todo aquel que no piensa como nosotros y empezásemos a verlo como lo que es en realidad: alguien mucho más cercano a nosotros de lo que pensamos.

Siempre que insultamos a alguien de este modo lo hacemos por considerarlo moralmente inferior a nosotros, carente de amor, respeto y compasión por los demás. Pero esto no es del todo cierto. Me parece que sería más acertado, en todo caso, verlo como alguien que todavía carece de ese amor. Es importante resaltar el «todavía», porque a poco que nos hayamos acercado mínimamente a la vida de una de esas personas a las que insultamos, habremos percibido enseguida que son, por supuesto, capaces de amar, respetar y sentir compasión. Lo hacen, y de un modo muy profundo, por ejemplo, con su familia, con su país o con su religión. Así que, más que carentes de amor, serían, en todo caso, personas de un amor dirigido estrictamente a los grupos concretos con los que se identifica, un amor por tanto más limitado y de un alcance menor que el que creemos tener nosotros.

Lo que quiero decir con esto es que esas personas a las que insultamos frecuentemente, son personas incapaces de amar aquello con lo que todavía no se identifican. Si nosotros sí lo somos, si nos consideramos una de esas personas con una conciencia capaz de identificarse y amar totalidades más grandes que nuestra familia, nuestro país o nuestra religión, estaría bien que, en vez de insultar a los que todavía no la han adquirido, nos dedicásemos a facilitarles el camino para alcanzarla, pues nadie nace identificado con toda la humanidad, ni con los seres vivos en todo su conjunto, ni mucho menos con el planeta entero.

Ese grado de conciencia (y, por lo tanto, de respeto) es la salida de esta máquina de separación que lo convierte todo en guerra cultural. Pero alcanzarlo no es nada fácil. Requiere de esfuerzo personal y de ayuda externa. Salir de la máquina de separación pasa por crear un espacio donde —apartados de las formas de comunicación ordinarias— poder experimentar realmente aquello que decimos; un espacio inclusivo y respetuoso de verdad donde, lejos de todo narcisismo, dejemos a un lado la hostilidad y comencemos a entender las diferencias ya no tanto como posibles amenazas opresivas, sino como aquello donde se encuentran escondidas las conexiones para una convivencia entre iguales.

Estoy convencido de que esas conexiones tienen la capacidad suficiente para arrebatar la mente discursiva que nos conduce al insulto fácil, y llevarnos a un espacio de realidad más abierto y expansivo desde el que poder volver a alinearnos con el impulso evolutivo que comenzó en los años 60, para alcanzar así un nivel más profundo de conciencia. Mucho me temo que mientras no demos con ellas estaremos condenados a seguir siendo incapaces de orientarnos de forma individual y colectiva hacia modos de ser alternativos. Es decir, hacia una nueva forma de habitar este mundo. Si no estamos dispuestos a salir en su búsqueda, aceptando los cambios que ello pueda provocar en nosotros (dudas, inseguridades, desgaste de la identidad…), es porque todavía no hemos alcanzado la conciencia que decimos tener. Esto es en verdad lo que demuestran nuestros insultos, y lo que traen consigo no es otra cosa que Trump, Bolsonaro y Vox.