El aliento fresco del universo

Ramones ZGZ Pink

Tanto altibajo anímico producido por la pandemia provoca en mí reacciones extrañísimas, como por ejemplo ver conciertos en Youtube. Sucede de repente, estoy trabajando en mi ordenador preparando nuevas clases y, sin saber cómo ni por qué, me sorprendo rememorando conciertos que disfruté de cuerpo presente hace ya mucho tiempo. Imagino que se trata de un dispositivo automático que pone en marcha mi cuerpo, una especie de sistema de defensa frente a este abatimiento general que amenaza con dejarnos a todos exhaustos.

La sincronicidad entre las imágenes de esos conciertos y mis recuerdos es algo verdaderamente extraordinario. Le doy al play del vídeo y es como si bajase la palanca que enciende en mi cerebro el tiovivo de la memoria. Es increíble la de recuerdos tan vívidos que me traen esas viejas grabaciones. Es como si las poderosas fuerzas que invaden de inmediato mi cabeza hubiesen estado aguardando sigilosas, en el fondo de mi corazón, hasta el momento en que me pongo los vídeos, y entonces entran en combustión liberando un fuego abrasador en mi interior.

Los recuerdos se suceden veloces al ritmo de la música. Sin ni tan siquiera levantar el culo del escritorio, me impregno de nuevo de todas aquellas experiencias que tantas emociones despertaron en mí en una etapa previa de mi vida. Vuelvo a verme metido de lleno en las salas (aquellos hornos que rugían al rojo vivo) y siento el mismo contacto aquél que tanto me electrizó de joven. Había algo cósmico en aquellos lugares, estaban llenos de vida, una vida propia y secreta que casi había olvidado y con la que he vuelto a conectar estos días de un modo completamente imprevisto.

Me veo otra vez con la figura desaliñada, la camiseta mojada y rodeado de mis amigos de entonces. Suenan los primeros acordes de la primera canción y me arrojo sobre ellos con todo el esplendor de la juventud. Nos sacudimos el hormigueo del malestar a empujones, se nota que estamos ávidos de un poco de felicidad en el desierto de nuestra existencia. Las guitarras sucias y con idéntica agresividad tocan las mismas viejas notas que en el pasado penetraron en mí hasta profundidades insondables. He tenido que llegar hasta aquí para comprender que aquellas notas eran en realidad semillas de una verdad. Una verdad que con el tiempo terminó por destruir todas mis convicciones, las de entonces y las que se supone que debería tener hoy.

Avanza la actuación y me siento cada vez más un navegante a la deriva, sin cartas ni compás ni GPS. No tengo ni idea de si estos vídeos, estos mensajeros de los mares de mi memoria, traen consigo algún mensaje que debiera descifrar. Lo que sé es que cuando los veo, mi cuerpo se convierte automáticamente en espíritu y comienza a emanar de mí una esencia pura y refinada, una esencia divina. Ver tocar de nuevo a esas bandas sobre el escenario es como galopar a lomos de un caballo por entre los colores mágicos de mi juventud. Como si el mundo entero, la vida, todo, se hubiera instalado de nuevo en mi interior y me pidiese a gritos ser su vocero. Canto a todo pulmón como lo hacía cuando estaba en aquellos conciertos y, por muy mal que lo haga, por mucho que desafine, la magia y la belleza caminan de nuevo cogidas de la mano, atraídas por una fuerza exterior más poderosa que la gravedad y tan inexorable como el destino.

Y la cosa no acaba ahí, pues cuando termina el concierto, cuando se apaga el vídeo y ya solo queda la luz eléctrica de la pantalla vacía, sigo viendo un rato más las luces tintineantes de un escenario que ya no está, y veo a Pablo, y veo a Emilio, y a Cache, y a Eva, y al Yorki bailando como un locos, y sus sonrisas se clavan en el espacio como pequeños flashes de luz. Veo a un chico tirar la cerveza al suelo mientras le da un ataque de risa, y veo también a aquella chica pálida que resplandecía en todos los conciertos lejana e inaccesible como una estrella, y su pelo rubio y alborotado con el que rozaba mi cara cada vez que saltaba. Veo un mar de brazos levantados y me parece un bosque iluminado por la luna llena. La verdad es que no sé por qué no me quedo a vivir aquí para siempre, donde las pandemias no existen y el  distanciamiento social y el toque de queda son sencillamente inconcebibles. El único peligro que aquí corro es el de desvanecerme por el coro sonoro que devuelve a la vida toda su fantasía, y divertirme hasta morir. Aquí, en esta otra dimensión, mi vida vuelve a sus comienzos, cuando todos mis átomos chocaban ciegos entre sí, y retrocedían y volvían a chocar una y otra vez hasta que las fibras de mi ser quedaban entrelazadas. En estos conciertos respiro de nuevo el aliento fresco del universo.