Desafío aceptado

LEOLONDON

Londres, 1989. Tenía yo entonces dieciséis años recién cumplidos. Acababa de salir de la tienda que está a mis espaldas, mitad sex shop mitad tienda de discos especializada en punk rock. La foto la tomó un tipo alto con bigote y gabardina que pasaba por allí. Le pedí como pude que me la tomase. En la tienda me compré el primero de los Cramps (Songs The Lord Taught Us), los dos discos de estudio de los New York Dolls (New York Dolls y Too Much Too Soon) y el Plastic Letters de Blondie, ese en el que aparecen en la portada Debbie Harry y sus chicos apoyados en un coche de la policía de Nueva York. Aquellos fueron de los primeros discos que incorporé a mi colección, hasta entonces escuchaba la música muy mal grabada en cassettes reciclados mil veces. En aquella tienda me pillé también un fanzine de corte anarquista con textos de la Internacional Situacionista, King Mob y la Angry Brigade. Yo todavía no sabía quiénes eran todos aquellos tipos, ni sabía tampoco hablar bien inglés, pero algo me empujó a llevarme aquél libreto. Me pregunto qué habrá sido de él. Debió perderse en el mismo lugar donde se perdió mi juventud.

Aquél viaje a Londres fue el primero que hice al extranjero (sin contar los que había hecho con mis padres a Francia y a Portugal unos veranos antes). La excusa había sido un intercambio de estudiantes organizado por mi instituto, el Virgen del Pilar. En el sorteo me tocaron un par de hermanas gemelas de origen Portugués. Tuve suerte, pero la verdad es que las vi bien poco. Lo que yo buscaba apuntándome a aquél intercambio de estudiantes no era tanto hacer nuevos amigos como perderme por Londres. Así que en cuanto llegué a casa de las gemelas, les pedí una copia de las llaves y ya no volvieron a verme el pelo casi hasta el día que tomé el avión de vuelta. Londres olía a realidad, y esa realidad era exactamente lo que yo necesitaba en ese momento.

Recuerdo que el día que debía tomar el avión de vuelta a España, mientras me despedía de las gemelas, la más morena me dijo que tenía que hablar conmigo un momento. «He esperado hasta ahora para decírtelo, pero visto que hoy es el último día y que las cosas no han ido como esperábamos, te lo diré». Lo que me dijo fue que su amiga estaba enamorada de mí desde el día del sorteo, y que no se había atrevido a decírmelo. La amiga en cuestión era una chica muy bajita de origen pakistaní que se encontraba sentada en una silla detrás de ellas, al lado de mis maletas, con las manos metidas en los bolsillos y la cabeza inclinada hacia el suelo. Cuando la gemela terminó de hablar, su amiga y yo cruzamos la mirada un segundo sin saber bien qué decir ni qué hacer. Creo que si hubiera enrojecido más, la piel de nuestras mejillas habría empezado a arder. Al final, levanté la mano y la saludé de lejos con una sonrisa, y entonces ella se incorporó de la silla, caminó hasta mí y me dio un paquete envuelto en papel de celofán azul. «It’s a present for you» –me dijo–, y acto seguido me dio un beso en la boca y salió corriendo escaleras abajo. Ya en el avión sentado en mi asiento descubrí lo que había en el paquete. Era un bote de pachuli con un dispensador de caña. Abrí la tapa con mucho cuidado y me puse unas gotas en el cuello. Todavía recuerdo aquel olor tan fuerte (y creo que el señor que estaba sentado a mi lado lo recuerda también). Aquel perfume fue el elemento que terminó de completar mi transformación integral. Cuando aterricé en el aeropuerto de Zaragoza era ya otra persona.

No tardé mucho en irme de casa de mis padres. Pasaron muchas cosas, muchos años, y una noche de fiesta por Londres sucedió lo más raro que me ha pasado nunca. Estaba con unos amigos buscando la sala de conciertos donde actuaban los Vibrators, queríamos aprovechar a verlos ahora que se habían vuelto a juntar para hacer una pequeña gira local. Llevábamos buscando aquella maldita sala un buen rato ya cuando asumimos que estábamos completamente perdidos. Dejamos de caminar en algún lugar indeterminado entre Hackney y Redbridge y entonces el cielo se precipitó sobre nosotros. Comenzó a caer una de esas furiosas lluvias que caen a veces en Londres sin previo aviso. Corrimos a refugiarnos bajo el toldo de una tienda de alimentación y yo aproveché para entrar a preguntar si alguien sabía dónde estaba el lugar donde a esas alturas de la noche ya debían estar actuando los Vibrators. Cuando dejé de hablar y levanté la cabeza del mapa escuché a la dependienta que me decía: «Is that you, Leo?» Por extraño que pueda parecer yo también la reconocí a primera vista. Era la chica del pachuli. Igual de bajita que entonces, igual de guapa y mucho más embarazada. En los cinco minutos que duró nuestra conversación me dijo que aquella era la tienda de sus padres, y que algunos viernes por la noche les echaba una mano. También me dijo que terminó la carrera y que ahora trabajaba de veterinaria en un hospital de animales muy cerca de allí. Y también me dijo dónde estaba la sala de conciertos. «Have fun!», gritó desde el mostrador mientras yo salía por la puerta. «You too» –contesté con una sonrisa en la cara–, «te lo mereces».

Cuando me reuní de nuevo con mis colegas en la calle, sentí como si algo me hubiese arrancado del mundo dejando tras de mí recortada en el vacío la silueta de mi persona. Los Vibrators no estuvieron mal aquella noche, pero tampoco fue un gran concierto. Aún así, cuando en los bises tocaron el Baby, Baby, y todos nos pusimos a la cantarla al unísono con todas nuestras fuerzas, sentí que las tierras se movían dejando al descubierto una gran grieta en mi pecho. Creo que fue entonces cuando decidí que quería ser artista. Una nueva e ignota forma de vida comenzó a abrirse paso en mi interior justo en ese preciso momento.