El final de todas las predicciones

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Hablando estos días con los amigos las preocupaciones caen como una pila de huesos abatidos. No son pocas las veces que me he visto metido en conversaciones donde no paran de aparecer términos para definir el descontento: angustia, ansiedad, incertidumbre, malestar, preocupación, tristeza. Chalar con mis amigos se ha vuelto un desconsuelo absoluto. Pero yo no creo en los absolutos. Es verdad que la pandemia nos ha traído dolor, pero también nos ha traído dudas. La duda corre hoy como un río oscuro a través de nuestras cabezas, y eso está bien, porque la vida es posible unicamente cuando no conocemos lo que vendrá. Puede que muchas de las cosas de las que dicen mis amigos sean ciertas y el futuro termine por confirmarlas sin remedio, pero también puede ser que no. Nacemos envueltos en el misterio, vivimos envueltos en el misterio y morimos envueltos en el misterio, y el presente contiene el futuro sólo como una posibilidad entre muchas. Nada más. ¿O acaso no es igual de posible que una vez pasada la pandemia, en vez de sufrir todo el rato, nos dé por alegrarnos y disfrutar más de seguir vivos? Piénsalo, no es una idea tan descabellada, al fin y al cabo la alegría siempre fue nuestra principal fuerza vital, por ejemplo la alegría que sentimos cuando sabemos que un amigo está cerca. Además, como bien nos recuerda la Covid, la única certeza de verdad absoluta es la muerte, y ante ella lo único que yo espero es que alguno de mis amigos se haga unas castañuelas con mi calavera, y que el ruido que salga de ellas suene como el final de todas las predicciones.