El observador

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Hace más de una década que imparto clase en Prodart, el Máster de Producción e Investigación Artística de la Universidad de Barcelona. Mi asignatura, Procesos de producción y difusión de las artes mediales, es un seminario intensivo dedicado a estudiar algunas de las últimas transformaciones acontecidas tanto en el campo de creación como en el de la recepción de las imágnes contemporáneas. El pasado viernes hablamos de la figura del observador –esa extraña condición que nos define cada vez más– y durante la charla salieron algunas cosas interesantes. Os dejo aquí unos apuntes.

1-Más que habernos convertido en un nuevo tipo de espectador, lo que nos ha sucedido en las últimas décadas es que nos hemos adecuado a toda una constelación de nuevos acontecimientos, fuerzas e instituciones que, juntos, provocan un nuevo modo de mirar y de percibir el mundo.

2-Esta drástica reconfiguración de las relaciones entre el sujeto observador y los modos de representación trae consigo la alteración misma de los términos «observador» y «representación».

3-El observador es hoy el lugar donde la representación se hace visible, y nuestros cuerpos son extensiones de redes de datos que hacen clics, enlaces y selfies.

4-Las imágenes que vemos a diario no remiten ya tanto a la posición del observador en un mundo «real» percibido ópticamente, sino a millones de bits de datos matemáticos distribuidos electrónicamente.

5-Más que una estructura ideológica o económica, lo que determina la visión de nuestro tiempo histórico es más bien el funcionamiento de un ensamblaje colectivo de partes dispares en una única superficie visual: la pantalla (y más concretamente, la pantalla del móvil).

6-En este sentido, el observador es hoy el principal agente de recepción y distribución de fenómenos dispares localizados en muchos lugares distintos. El observador es a la vez quien consume estos fenómenos y quien los intercambia globalmente. Así es como la imagen se hace cada vez más una con nuestra propia vida, con nuestra forma de pensar y con la manera en que experimentamos el mundo. 

7-Lo que vemos no es ya sólo aquello que está a la vista, sino aquello que nos resulta coherente con lo que sabemos y con lo que ya hemos experimentado.

8-Las redes sociales con las que interactuamos a diario no hacen más que potenciar al máximo esta condición. Estos canales de distribución y adquisición masiva de comportamientos y patrones terminan encerrándonos en un movimiento homogeneo, confuso y de lo más paradójico: buscamos diferenciarnos y ser originales sólo para ser validados, aceptados e iguales a todo el mundo. 

9-Las imágenes con las que hoy hacemos mundo son imágenes que muestran una experiencia colectiva individualizada al extremo. Son la representación cotidiana de una profunda soledad multitudinaria en la que tan sólo alcanzamos a vernos a nosotros mismos.

10-Si ver ya no es creer sino más bien «algo que hacemos», ¿cómo hacer que volvamos a creer en aquello que no vemos?