Fucking democracia (Guerra intestina en Cataluña)

barrera

Acabo de regresar de los Estados Unidos. He pasado una buena temporada por allá, fui a impartir unas cuantas clases y un par de conferencias, y también a visitar a los amigos de por allí, que son de los mejores que tengo. Estuve por el norte, en Vermont, Nueva York y Filadelfia, y también estuve por el sur, en Colorado y Nuevo México. Tenía curiosidad por ver cómo se encontraba el país ahora que Trump ocupa el gobierno. Quería hablar con gente, con toda la gente que pudiese y cuanto más diversa mejor, y así lo hice.

Con los primeros que hablé fue con los anti-Trump, claro, están por todas partes y no paran de despotricar. Pero no saqué mucho de ellos. En nuestras conversaciones me decían más o menos lo que yo ya sabía: que si es un fascista, que si es un racista, todo eso. Sin embargo, las cosas que me dijeron los votantes de Trump me hicieron pensar mucho más. Estaban todos bastante cabreados y no paraban de repetir una misma palabra: democracia.

«Hemos votado y hemos ganado», me dijo Ryan, un tipo de unos cincuenta años carpintero de profesión y gran conocedor de los ríos del país. «Y sin embargo, no se están cumpliendo las propuestas electorales por las que votamos». Le pregunté a cuáles se refería y él, tras dar un largo sorbo a su cerveza, dijo: «Ni se ha construido el muro en México todavía, ni se ha expulsado a los más de dos millones de indocumentados que andan a sus anchas por aquí».

Cosas muy parecidas me dijo también Madison, una chicana muy morena que trabajaba en la preciosa biblioteca de Albuquerque en la que me encerré a escribir un par de días. Cuando le pregunté que por qué creía ella que Trump no estaba aplicando las medidas que prometió, me dijo que no era su culpa, que él seguro que lo haría con gusto, «pero los fucking liberal jueces de Washington no le dejan». Después me soltó toda una retahíla sobre el aparato legal: «Las leyes están hechas para que las empresas liberales hagan lo que les venga en gana, largarse a otros países, dejarnos a nosotros sin trabajo».

Me quedé bastante aturdido, la verdad, esta votante de Trump estaba diciéndome cosas que podría haber dicho yo mismo también. «¿Y sabes quién hace esas leyes?» –añadió– «esas leyes las hacen niñatos que viven en Nueva York y en San Francisco, de esos que luego nos expulsan de nuestras casas con la fucking gentrification, el puto turismo y todo eso», añadió sin apenas inmutarse mientras colocaba un par de libros en el carrito que empujaba por los pasillos de la biblioteca. Desconcertante.

Pero no quedó ahí la cosa, lo mejor estaba aún por llegar. No fue hasta el final de nuestra conversación cuando me dijo algo que no he podido quitarme de la cabeza desde entonces. Dejó de caminar, las ruedas del carrito se detuvieron en seco, y mirándome fijamente a los ojos me soltó: «Mira, hemos votado, hemos ganado, somos mayoría y tenemos todo el derecho del mundo a que se apliquen todos y cada uno de los puntos del programa que hemos aprobado con nuestros votos, ¿o no es eso la democracia?» Y ante eso yo no supe qué contestar.

¿Podríais ayudarme a responder a esta pregunta alguno de los que estáis ahora en Plaza Catalunya gritando eso de «Democracia» y «Referéndum»? Lo digo en serio. A mí la pregunta se me hace grande.

*Gracias Enrique Flores por la ilustración