Furia iconoclasta

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Una furia iconoclasta se desata por doquier. Jóvenes airados, tremendamente insatisfechos y con anhelos de una igualdad radical, derriban las estatuas de piedra que encuentran a su paso. Imágenes de una historia deformada (como todas las historias) que al caer al suelo y romperse en mil pedazos suenan como el murmullo de una última palabra de sabiduría: «Quizá…».

Quizá el sentido de lo humano pase por deshacernos de todo lo que creíamos cierto. Quizá llegados a la última estación nos percatemos de que el trayecto estaba equivocado, y que quizá por eso dejó en su estela una multitud de hombres y mujeres destruidos. Quizá el mundo se esté acabando, o quizá esté simplemente cerrándose sobre sí mismo. Quizá sea eso lo que nos empuja a enfrentarnos los unos con los otros. Quizá el enfrentamiento acabe con lo poco que queda de nosotros, o quizá nos haga comprender la importancia de juntarnos en torno a la fragilidad humana. Quizá sean demasiadas las personas convencidas de que su futuro viene marcado por la violencia y la amenaza constante. Quizá estemos demasiados divididos para ver nada, o quizá estemos a tiempo de restaurar una unidad moral y espiritual entre tanta división. Quizá derrumbar estatuas nos divida todavía más, o quizá nos una y nos ayude a ver que el paraíso, el infierno y todos los dioses están en realidad dentro de nosotros. Quizá la eternidad esté, como dijo Blake «enamorada de los productos del tiempo». Quizá ha llegado el momento de escribir nuevas historias. Quizá no esté todo perdido.