La noche amiga

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La noche más larga del año se nos hizo corta. Nos merecíamos una noche así. Una noche amiga por las calles desiertas de Barcelona, disfrutando sin guiris de todos aquellos lugares que nos fueron arrebatados hace años por un puñado de hombres sin alma.

La Plaza Real, Las Ramblas, el Gótico. Paseamos con orgullo nuestros triunfos y nuestros fracasos, los logros y las decepciones, y más allá del umbral del retorno fuimos capaces de sostener con palabras y abrazos una amistad de veinte años.

Nos detuvimos un rato donde ya no están los que se fueron, ni los que entraron en contacto con el poder (político e intelectual) y se olvidaron por siempre de nosotros, y vimos que allí no quedaba más que la presencia de una sombra encargada de cuidar con esmero el paso firme de nuestra amistad.

Las copas de vino tinto y las jarras de cerveza fueron poco a poco dándonos acceso a la parte más vulnerable de la mente. De pronto nos convertimos las tres en una energía bruta. Nuestras mentes desencadenadas se adentraron bajo la superficie de la vida hasta su seno mismo, y una vez allí contemplamos el aspecto de las cosas en la oscuridad, y era en realidad muy hermoso.

Anoche, con Ori y Anja fui consciente del bien que trae la amistad, de cómo restaura el mundo. Durante unas horas, disfruté junto a ellas del concierto que amplifica todo lo que nos rodea. Volví a casa borracho y con una idea girando en mi cabeza: «Todas las horas de nuestra vida son nuestras», y eso ningún hombre desalmado podrá nunca arrebatárnoslo.