La universidad ha muerto, pero nosotros seguimos vivos

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La universidad pública ha muerto y nosotros habitamos su cadáver. Habitar un cuerpo muerto es algo horrible pero, sin embargo, puede traer consigo cosas que no están mal. Dar con ellas pasa por dejar de fijar la mirada en lo muerto y comenzar a ver lo vivo que habita en él. Las bacterias que devoran el cadáver y traen consigo la nueva vida. Dejar de pensar el futuro con esperanza (esperanza en una plaza fija, en una posición mejor, en un buen sueldo…) y comenzar a ver lo que hay aquí, en el presente.

¿Y qué hay aquí en el presente? Pues lo que hay, más allá de las carreras personales, las encuestas y los créditos, son profes y alumnos. Gente. Cuerpos vivos que ocupan a diario el cuerpo muerto de la universidad. Cuando me degradaron (así es como lo llaman) a Asociado, y me dejaron de nuevo con 500€ al mes (tras 15 años impartiendo clase, diez de ellos como Doctor-Lector), decidí que me quedaba, que no me iría hasta que me aguantasen las fuerzas. Tomé esta decisión por dos motivos: 

1) Porque la clase que imparto (Políticas artísticas) la creé yo, y no me daba la gana regalársela a la empresa, a la UB. 
Y 2) Porque impartir esta clase me permite seguir compartiendo lo que sé con todas aquellas personas que pasan por ella (que son cada vez más). Y eso me llena de vida.

Como no lo hago por dinero ni tengo esperanza alguna en alcanzar una posición mejor, me dedico a aprovechar lo más que puedo el encuentro semanal con toda esa gente que se reúne en mi aula. Saber quiénes son, conocerlos lo mejor que pueda, entablar relaciones, aprender de ellos, con ellos.

La fiesta que montamos ayer como cierre de curso me dice que hice bien quedándome, que por muy muerta que esté la institución, nosotros estamos vivos. Y que todavía está todo por hacer. Inventar un mundo nuevo comienza por habitar el cadáver del viejo. Juntos.

¡Larga vida a las políticas artísticas! 
¡Que muera la muerte!