Lo importante en la vida

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Las imágenes de la guerra pasan sin descanso por mi pantalla, demostrando arrogantes la pérdida generalizada de sentido en el mundo. Contemplar tanto dolor, y, a la vez, sentir tanta impotencia, es una experiencia de lo más desconcertante. Veo edificios derrumbándose como trozos de materia agonizando entre explosiones de incomprensión; veo personas huyendo de la rugiente cascada que amenaza con llevárselos por delante; y, sentado frente al televisor, me pregunto qué es lo realmente importante en la vida.

Es una pregunta difícil. Al final, tan sólo una cosa tengo clara: todo el tiempo que paso tratando de alcanzar el espejismo de la felicidad futura es tiempo perdido. He visto demasiadas personas desesperadas como para saber que no hay correlación directa entre la riqueza y la felicidad. Pasar la vida deseando cosas externas como el dinero (o un ascenso en el trabajo, o unas vacaciones más largas, o una casa en propiedad), evidencia únicamente lo desquiciada que está nuestra civilización.

¿Y si esta guerra en Ucrania ha llegado para enfrentarnos a la caída de nuestra civilización? Tampoco sería tan descabellado, al fin y al cabo ninguna civilización del pasado ha durado eternamente, y eso que eran todas ellas mucho más sostenibles que la nuestra, ¿o hay acaso alguien aquí que pueda defender, con argumentos creíbles, la idea de que somos una buena influencia para el planeta?

Entendedme bien, no estoy sugiriendo que debamos morir todos como individuos, sino que nuestro sistema de vida actual debe dar paso cuanto antes a una nueva cultura; una en la que matar esté mal visto, y en la que la compasión por otros seres vivos y el respeto profundo por la vida sea algo sagrado. Una nueva cultura que deje de estar centrada en el yo, pues terminar con la vida de otro ser vivo se ha justificado siempre en base a un sistema de valores centrado en el yo, y en cuanto lo dejemos atrás estoy seguro de que aumentará de forma natural nuestra veneración por la vida.

Ojalá esta guerra sea, pues, el crisol de una transformación en la manera como percibimos el mundo y a nosotros mismos. Ojalá que todo este horror que veo a diario en mi pantalla sirva al menos para empezar a validar otra concepción del mundo, una que nos haga conscientes de que todos somos parte de todo, que somos –en el sentido más literal– hermanos y hermanas. Ojalá esta guerra sea el principio del del fin de la realidad misma que la ha provocado.

Foto: Emilio Morenatti