Los Monegros

DESIERTOMONEGROS

El desierto de los Monegros. Cada vez que siento que el mundo se me viene encima, me adentro en esta tierra esteparia donde el sol no encuentra resistencia alguna. Este paisaje, tan viejo como Europa y tan sencillo como la infinidad del universo, me reconforta y me enseña un montón de cosas, como, por ejemplo, que el propósito de la vida no es algo que esté en mi mano, o que la naturaleza es siempre algo mucho mayor de lo que pienso.

En cuanto me adentro un poco por entre sus dunas y me dejo impregnar por el intenso aroma a romero, a manzanilla y a tomillo, me olvido de las percepciones parciales que acostumbro a tener, y me hago consciente de que soy algo más que este pobre cuerpo y esta mente tan limitada que habito a diario.

Este abrupto y escarpado lugar lleva milenios viendo pasar liebres, conejos, zorros, jabalíes, y también algunos hombres y algunas mujeres. Las capas del pasado se acumulan aquí sin orden ni concierto. El tiempo de este desierto es un lagarto que solo suelta la presa si le cortan la cabeza.

Todo se mueve aquí con la aparente indiferencia de un gran depredador, sus dunas están hechas de huesos y calaveras, y las cosas hermosas que contiene (muchas y muy diversas) no buscan nunca llamar la atención. En los Monegros es fácil comprender eso de que el camino y el destino son en realidad una misma cosa.

No descarto trasladarme a vivir aquí algún día. Levantar una casa firme hecha de piedra y tierra del suelo, capaz de soportar los duros envites del Cierzo. Una casa que no sea solo una entidad física, sino también un ser vivo mutante del que emerjan de vez en cuando otras entidades como la oscuridad, como la noche, y otros elementos cósmicos intangibles, como el sueño, como la muerte, como el más allá.