Más allá del principio y del final

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La Biblioteca Pública de Estocolmo es uno de mis edificios preferidos. Todavía recuerdo el día que entré allí por primera vez. Era un día de mayo por la mañana muy temprano, las oscuras horas de la madrugada no se habían desvanecido del todo y en el cielo persistían aún las sombras grises de un mundo a punto de desaparecer. El lugar me acogió con el esplendor de un cometa. Recuerdo que estando de pie en el gran círculo que conforma la sala principal del edificio, viendo los miles de libros que allí gravitan en órbita, comprendí que las bibliotecas son cuevas en realidad. Cuevas donde aguardan inmóviles las huellas de algo inmenso que nos corre por dentro.

Aquella fue la primera vez que caí en la cuenta de que la fuerza que nos empuja a pasar las páginas de un libro es la misma que sustenta la vida, que los libros son el reflejo del encuentro de la vida con la vida misma, el compromiso que establecemos con nosotros mismos cuando tomamos la decisión de seguir con vida hasta el final. Es por eso que a veces, cuando leemos, sentimos que podemos ir más allá del principio y del final, y que la muerte no tiene tanto poder.

La fotografía la tomé en una de las cuatro salas anexas, la sala de literatura infantil, que también es circular. Tumbado allí sobre la moqueta gris y rodeado de aquel muro donde están representadas las aventuras que los más pequeños experimentan en cuanto abren un libro, sentí que cada uno de nosotros somos portadores de una fuerza vital, y que los libros son el campo electromagnético donde se chocan todas esas fuerzas las unas con las otras. Por eso sólo la literatura puede conseguir que nuestro sufrimiento individual se convierta en un sufrimiento universal, y nuestra felicidad también.

Salí de la biblioteca rodeado de una intensa frescura que mantenía todo mi ser alerta. Era como si durante el tiempo que había permanecido dentro del edificio con la mirada clavada en los libros, afuera el mundo hubiese cobrado una nueva forma. El resto del día lo pasé caminando como un fantasma entre la gente, y por la noche, cuando por fin llegué a la habitación que tenía alquilada en la isla de Södermalm y me tumbe en la cama, me costó bastante conciliar el sueño. Tenía la sensación de que debajo del colchón de muelles aguardaba inquieto un gran océano.