Gira de conferencias por Japón

Ya estoy en Japón. Ayer di la primera de las cuatro conferencias sobre arte, política y nuevos activismos sociales que tengo programadas aquí, en el país del sol naciente y los desastres nucleares. Fue en el IRREGULAR RHYTHM ASYLUM, un centro social situado en pleno corazón de Shinjuku, uno de los distritos más calientes de Tokio.

El evento congregó a un buen número de asistentes, todos ellos muy activos. La sesión concluyó con un intenso debate sobre las potencias y límites del activismo creativo en situaciones de urgencia extrema como la catástrofe nuclear de Fukushima. Fue uno de los debates más ricos de los que he participado en los últimos tiempos.

Salí de allí con la cabeza repleta de ideas. Ya de regreso al hostal tomé unas notas (cuando tenga un rato las compartiré por aquí) y me acosté a la cama rendido. A eso de las cinco y media de la mañana me despertó de golpe un grandioso terremoto. Mi cama, las paredes y el techo de la habitación temblaron como un flan. Me quedé con la boca abierta lo menos cinco minutos. «Bienvenido a Japón», pensé. Y después, seguí durmiendo como un lirón. A este Jet-Lag no lo tumba un simple terremoto.

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Segundo día. El bolo lo organizaba REMO, una asociación cultural y activista que lleva muchos años metiendo caña en Osaka. No era la primera vez que me invitaban, lo hicieron también allá por el año 2004, ¡hace diez años! El reencuentro fue de lo más emotivo. Por arriba todos habíamos cambiado mucho: ellos, yo, la ciudad. Por abajo todos seguíamos haciendo hoy cosas muy parecidas a las que hacíamos entonces.

En el 2004 vine a Japón para realizar un pequeño film sobre los homeless de por aquí, los únicos del mundo que están organizados políticamente. De ellos y de las cosas que por entonces sucedían en España hablé en aquella ocasión. Cosas como Yomango, el atentado de Atocha del 11M y la respuesta social de los días posteriores.También les conté entonces algo sobre las primeras movilizaciones contra la burbuja inmobiliaria y las acciones y campañas gráficas que empezábamos a realizar.

Lo que hice ayer fue contarles la segunda parte de la historia. Les dije que, efectivamente, las movilizaciones post-11M trajeron consigo un nuevo paradigma de movilización social que, desde entonces, se viene aplicando en todas y cada una de las grandes protestas que vivimos, desde las sentadas por una vivienda digna hasta el 15M y las plazas. También les dije que la burbuja inmobiliaria al final se pinchó y que justo después llegó la crisis, la gran estafa monumental. Ahí fue cuando les presenté alguna de las acciones de Enmedio: Fiesta en Bankia, Campeones del paro, Los Reflectantes contra el Mal, las acciones fotográficas contra los desahucios, etc.

Al terminar, alguien dijo que ya estaba deseando que regresase para que les contase lo que sucederá en los próximos diez años. Me encantaría hacerlo, la verdad. No sólo porque eso significaría que sigo vivo, lo cual no estaría nada mal, sino porque REMO es un espacio al que uno quiere regresar tantas veces como pueda.

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Los dos últimos días los he pasado en Fukuoka, la capital de la región de Kyushu, donde se dice que nació la civilización japonesa. Durante mi charla en el Tetra Art Space hablé, entre otras cosas, de los atentados de Atocha del 2004, de cómo la irrupción de aquél acontecimiento mediado por la muerte, el dolor y el intento del gobierno por utilizarlo políticamente en su beneficio, había despertado una reacción social inesperada. Un nuevo activismo cargado de una expresividad y operatividad desconocida hasta entonces; un activismo basado en la afectación más que en la ideología. Al concluir, los asistentes aprovecharon para hablarme del acontecimiento local que supuso algo parecido: el accidente de Fukushima del 2011. Ambos, los trenes de Madrid y la central nuclear japonesa, sucedieron el mismo día, el 11M.

Durante el debate conocí a un montón de gente estupenda, un grupo variado de artistas y activistas muy interesados en aplicar tácticas creativas en sus campañas contra las centrales nucleares. Llevo en este país más de diez días y cuanto más conozco las luchas surgidas tras el accidente de Fukushima más fascinantes me resultan. Gran parte de mi fascinación reside en el movimiento de Las madres no queremos centrales nucleares. Mujeres anónimas que tras las primeras filtraciones radioactivas comienzan a organizarse a través de las redes sociales y forman este colectivo dedicado, principalmente, a movilizar gente hacia zonas alejadas de la radioactividad. Muchos de los logros obtenidos por estas madres, así como su historia, están recogidos en el libro 100 Mothers, de la fotógrafa Nonoko Kameyama (http://www.100mothers.jp/)

Por supuesto, estas madres no son las únicas que animan a la gente a abandonar la zona radioactiva. Muchas personas promueven esta idea también y, lo que es más importante, la llevan a cabo. A día de hoy, pueden contarse por millares las personas que han roto con su vida previa al accidente nuclear para iniciar una nueva lejos de las zonas nordestes del país. Esta evacuación voluntaria constituye un interesantísimo movimiento social también. Alguno de sus integrantes los conocí al final de mi charla, coordinan sus actividades desde la plataforma Vente a Fukuoka, una red desplegada a lo largo y ancho de toda la región de Kyushu.

El hecho de que tanta gente este emigrando hacia Fukuoka y otras zonas alejadas de la radioactividad y que, además, estén comenzando a plantear proyectos de vivienda y cooperativas de alimentos autosugestionadas, es un asunto que preocupa y mucho al gobierno central y a la alcaldía de Tokio, que no quiere ver menguada un ápice su hegemonía económica. Tanto es así que el ministro de interior japonés anunció el pasado mes la posible reapertura de la central nuclear más próxima a Fukuoka. Como ya sabéis, tras el accidente en la central de Fukushima quedó paralizada toda actividad en las demás centrales. Esta reapertura buscaría, según me cuentan estos activistas, frenar los deseos de migración de mucha gente. “Una guerra civil encubierta”, me dicen. Esto me hace pensar en aquél principio que afirma que tan solo en una casa en llamas es posible ver el problema arquitectónico fundamental. Así sucedería con el problema político, tan sólo una vez que ha llegado al punto extremo de su destino, es cuando permite que pueda verse su proyecto original.

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